Reportaje | Cuatro generaciones viviendo entre pétalos y arquitecturas racionales

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José Antonio Corrales las concibió como unidades, pero ellos, sus habitantes, las dividieron en tres: Dragados, Termac o Inducosa, según qué empresa metió la paleadora. Sobre 17 hectáreas de terreno y por orden ministerial, el Barrio de las Flores nacía hace 50 años como un ejemplo de racionalidad, “un modelo planteado desde la vida” y “el edificio más importante de viviendas que se construyó en el siglo XX en España”, según el arquitecto Celestino García Braña, que no perdió brillo desde entonces y presume de algo que pocos tienen: sentido de barrio.
Todos los que crecieron en Lirios, Petunias o Violetas tienen en común que lo hicieron al amparo de una flor, pero también que sus amigos nunca se marchitan a pesar del tiempo. Muchos no se despegaron del único barrio que los coches no pueden atravesar y bajo el perímetro, los hay que fueron hijos, padres y se estrenaron como abuelos e incluso como bisabuelos.
Lo que hasta 1967 fue pasto para las vacas salió en el NODO cuando Francisco Franco fue a inaugurarlo. El dictador pensó primero en Sevilla, pero finalmente ocupó una zona amplia que Corrales tuvo el privilegio de ordenar sin ningún condicionante. Combinó viviendas de diferentes tipologías, desde las diez individuales a los tan codiciados chalés hasta sumar un total de 2.000, que no son toscos.
Al contrario, “articuló una volumetría” a la que dotó de pasarelas aéreas con el hormigón como aliado, que moldeó al antojo de los bloques. Introdujo guarderías, iglesias y espacios comunes que acercaron A Coruña a las corrientes europeas del siglo XX.
García Braña destaca la influencia de Le Corbusier y el constructivismo ruso de los años 30. Ya para entonces, Franco comenzó a ponerles dueños. Muchos fueron destinados a expropiados y familias con pocos recursos: “Era rara la casa sin hijos, la mayoría tenían muchos y de muchas edades”. Esto hizo que el asfalto fuera un gran campo de juego, donde una madre hacía de todas cuando bajaba a echar un ojo, recuerda Cote, que cohabitó entre “tulipanes” y “petunias”: “Sé que Franco regaló varias escrituras”. Allí jugaron al fútbol, a la bujaina y al “che”, que consistía en clavar un destornillador en la tierra y avanzar de aro en aro o “robando terreno”. En los 80, les tocó pelear pero no en el campo, sino en cada hogar destrozado por las drogas. Fueron tiempos difíciles: “Muchos amigos ya no están. Apenas se sabía nada del tema y vino el Sida, se intercambiaron jeringuillas”. Con una entrada que, en el caso de los padres de Dimas Aboli, fue de entre 15.000 a 18.000 y una renta mensual que empezó siendo de 1.500 y bajó a 500 pesetas, o tres, para los que llegaron al euro, los propietarios acabaron de pagar lo que la mayoría no están dispuestos a abandonar.

Apenas se venden pisos
Carmela Lavandeira, vicepresidenta del Colegio de Administradores de Fincas de Galicia, lo confirma. Casi no hay pisos a la venta o en alquiler: “Tenemos dos y vuelan”. Aboli, por su parte, asegura que 136 pertenecen aún a la Xunta. El resto se aferran a ellos como Agustina, “no lo cambio por nada, aunque me toque la lotería”.
Corrales dio, sin duda, con la ecuación perfecta. La vida fue la premisa a la hora de dibujar un barrio lleno de flores que alterna construcciones con verde y verde con infraestructuras. Pidió tiempo, eso sí, pero los vecinos se lo otorgaron. Hoy pasean a sus nietos por el parque. Por esa sensibilidad, la Real Academia de Bellas Artes pide su protección. Para que sea siempre primavera.

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