domingo 25/10/20

Rajoy: así se las ponían a Fernando VII

Y, por si fuera poco, las cifras del paro de junio.

Y, por si fuera poco, las cifras del paro de junio. Casi inmejorables. Y van los cabezas de huevo de la UE y aplazan hasta octubre incluso el debate sobre la multa por el incumplimiento del déficit en España: a él le ha venido bien, si se mira despacio, hasta el eurocaos generado por el Brexit. Y viene Obama, con la de “photo opportunities” que eso conlleva para un presidente del Gobierno nacional, por muy en funciones que esté. Y todos, en sus sedes, esperando la llamada de Rajoy, que se toma sus tiempos a la espera de que el desgaste interno vaya corroyendo muchos vetos y líneas rojas en el PSOE, en Ciudadanos, en Podemos, en la antigua Convergencia y en el actual PNV. Ya les llamará y pondrá sus condiciones, te dicen, me parece que muy equivocadamente, algunos que, en el PP, se sienten seguros del triunfo.
Lo cierto es que, como asevera el dicho popular, “así se las ponían a Fernando VII” (otros dicen que a Felipe II): nadie ganaba al monarca jugando al billar, y no precisamente porque el rey felón fuera el mejor, sino porque le colocaban las bolas a huevo, como a otro que yo me sé los atunes. Rajoy ahora lo tiene a huevo. Y, sin embargo, si triunfan las tesis de “a mí, Mariano que los arrollo” en el PP, el error puede ser monumental. No es bueno arrinconar al adversario contra la pared porque acabará revolviéndose, atacando, querrá morir matando. O sea, echándose en brazos de unas terceras elecciones, tras hacérselas pasar canutas al rey.
Y eso es precisamente lo que no queremos los ciudadanos, votantes y contribuyentes. Pienso que el espíritu en Moncloa y, hasta donde se pueda, en Génova, debe de ser muy otro: hacer propuestas que los demás, en esta hora general de renuncias a los “programas de máximos”, no puedan rechazar. Reformas de calado, no obsesión por mantener a determinadas personas en determinados sillones, participación, diálogo. También, claro, con los nacionalistas y los separatistas.
Alguna vez he dicho, llevado sin duda por mi optimismo incorregible, que nuestro país está ante un momento histórico para acabar con las dos Españas. De reconciliación, incluso territorial. De modernización. De superar ancestrales desigualdades sociales y locales. Hay una revolución pacífica y constructiva pendiente, que nuestros representantes –y no hablo solamente de Rajoy, claro– se han empeñado, hasta ahora, en desaprovechar. Es esa regeneración política de la que nos habló el rey Juan Carlos en su último mensaje navideño. Rajoy tiene ahora a Sánchez medio desaparecido (dicen que va a iniciar una ronda de consultas con los barones, a los que tienen bastante enfadados); a Rivera, medio confuso; a Pablo Iglesias, hamletiano, con el ser o no ser; a Puigdemont, convencido de que no habrá independencia; a los peneuvistas, cabreados con él, pero esperando ofertas. Es su momento. A huevo, ya digo; no tendría perdón de Dios que perdiese esta partida de billar en la que tanto hay en juego y en la que el destino le ha alineado tan favorablemente las bolas.

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