lunes 3/8/20

Al rescate de Omran

El pequeño Omran tiene cinco años.

El pequeño Omran tiene cinco años. Como él hay muchos niños en medio de una encarnizada guerra. Guerra alimentada por el fanatismo, el odio, pero también por la industria militar de la que no estamos exentos los países occidentales. Como él hay tres millones de niños en un país devastado. Siria. Su imagen nos abruma, inquieta, sobrecoge. Acaban de rescatarle entre los escombros tras un bombardeo en Alepo. Antes no sobrecogió la de Aylán, con su cuerpecillo boca abajo sobre la arena de una playa de Turquía. Inerme, quieto, al vaivén de las olas y la resaca de la muerte. Entonces no reaccionamos. Ahora tampoco. El país árabe sigue sumido en la violencia, el caos, la brutalidad y la destrucción. Ya no importa quién arrojó la bomba. Es la guerra. La negación del hombre.
Cuántos Aylanes u Omranes hacen falta para detener esta locura? Desgraciadamente no hay número. Omran ha sobrevivido. Aylán no. Y cómo ellos miles de niños. La crudeza de amabas imágenes es desgarradora. Es el símbolo de la impotencia. El símbolo de la barbarie, de la fragilidad humana. De la sinrazón.
Omran está aturdido, en pleno estado de shock, cubierto de polvo y con su cara ensangrentada que trata de limpiar con sus pequeñas manos y luego trata de secar sobre el sillón de una ambulancia. Es objeto de miradas, de fotografías, inocente, desconocedor que es y será una de las imágenes icónicas de esta crueldad y la necedad del mundo, incapaz de parar esta orgía de sangre y vómito de fuego total.
En Siria son millones los niños atrapados por el drama. Millones los que han nacido ya bajo las bombas y miles los que han sido reclutados y armados para la guerra. La inocencia les ha sido arrancada, vapuleada. La esperanza traspasada por el ruido de las bombas que destruyen un país. Los juegos solo son sueños, la paz una ilusión que nunca han conocido.
Aylán y Omran vinieron a un mundo que no les conoció hasta la tragedia, que no les abrigó, ni acarició su ternura y su inocencia de cristal. Vinieron a la vida en medio de la guerra, del terror, del sufrimiento. El desgarro y el horror de la brutalidad y la banalidad humana hicieron que sus padres buscaran un futuro mejor para ellos en Europa o se quedaran atrapados en Alepo. Todos hemos visto dos imágenes. La cara y la cruz. El cuerpecito de Aylán inerme y frágil sobre la arena de una playa sin alma y sin latido. Sus manos extendidos hacia atrás y tu cara recostada sobre su lado derecho como queriendo escuchar el latido de una tierra indiferente y apócrifa nos ha conmocionado. Como su soledad extrema en y ante la muerte. La zozobra de la noche y el oleaje impetuoso y osado que no tuvo piedad con él ni con su hermanito. La fotografía de su cuerpo sin vida, sin rostro, sin sonrisa, sin sus ojos crispantes y hermosos nos ha recordado a todos el pecado de la indiferencia, del egoísmo, del silencio pasmoso de nuestras conciencias de papel y hojalata. Contrastarlos con los ojos de Omran sin embargo nos conforta al ver que éste ha sobrevivido a la muerte. Omran, con sus cinco años es testigo de algo que no puede entender. Como ellos hay miles anónimos e ignotos para las cámaras de los periodistas. Sin que ellos lo quisieran ni lo pretendieran se han convertido en un símbolo en un icono de esta vieja Europa prisionera en las atalayas de su propia soberbia y vanidad. Cuando solamente debían ser el símbolo de la alegría, la paz, la bendición de ser un niño, de la luminosidad de tu despertar la vida. Pero la muerte y la tragedia de ambos les arrancó lo más auténtico, a uno, lo que solo era suyo, la vida. Al otro, la inocencia. A traición, de noche, con violencia, con fuerza desmedida y osadía esquiva.

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