Farsa olímpica

Cataluña preparó una candidatura olímpica bajo el nombre “Barcelona-Pirineus”, con objeto de ser sede de los Juegos Olímpicos de Invierno de 2030. Seguramente, en la sede del COE les advirtieron que tendría mayor posibilidad de triunfar si se incorporaban las estaciones de esquí del Pirineo Aragonés que, con cerca de 400 kilómetros de pistas -el doble de las catalanas- y unas instalaciones muy modernas, se evitaba una posible rivalidad.

Y comenzó la farsa olímpica, invitando a Aragón a sumarse al “Barcelona-Pirineus”, como se contrata a un telonero para que se entretenga al auditorio antes de que venga la estrella. Y todas las grandes pruebas se las fueron quedando en Cataluña, incluso las de patinaje sobre hielo, que también les fue arrebatada. Los aragoneses son buena gente pero tontos, tontos contemporáneos, no son, y se dieron cuenta -tras soportar con paciencia la falta de informes técnicos que avalaran la elección de sedes- que les estaban tomando el pelo, con la complicidad absolutamente necesaria de un gran hombre, Alejandro Blanco, presidente del Comité Olímpico Español. Digo un gran hombre por dos aspectos asombrosos: el primero, por ser protagonista de una gran hazaña, y es que representó a la candidatura olímpica de Madrid, que fue la ciudad que recibió la mejor puntuación de todas las ciudades aspirantes, y fue eliminada en la primera votación. Es algo tan asombroso como ser el favorito en una carrera y llegar el último. Pero el segundo motivo de asombro es que, cuando regresó de Buenos Aires con resultado tan pasmoso, explicó que era inexplicable -magnífica explicación- y, seguidamente, declaró que seguiría yendo a su despacho, trabajando 21 horas al día y durmiendo 3.

Estamos ante un superhombre, sin duda, digno de estudiar por la Medicina, un auténtico fenómeno de la Naturaleza. Y, claro, poco de fiar. Lo digo, porque a lo peor esto de Aragón le ha pillado en un par de malas noches, en las que sólo ha podido dormir dos horas y media o dos horas y cuarto, y hasta los grandes hombres tienen un límite. Prueba de ello es que ha acusado al Gobierno de Aragón de mentir. Hombre, los aragoneses pueden meter la pata, equivocarse, obcecarse, pero no son de mentir. Ni les gustan las farsas, esas que tanto se llevan en el caciquil y, en ocasiones corrupto, ambiente olímpico internacional

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