Jueves 23.05.2019

Diego González Rivas | “Si eres más creativo, acabas haciendo cosas que ni te imaginas”

Iñaki Gabilondo aseguró ayer en la Fundación María José Jove que era incapaz de dejar marchas historias como la de Diego González Rivas. Defecto de profesión. El caso es que la periodista Elena Pita tampoco lo hizo.

El médico dice que una especie de voz interna le impide no intentarlo | pedro puig
El médico dice que una especie de voz interna le impide no intentarlo | pedro puig

Iñaki Gabilondo aseguró ayer en la Fundación María José Jove que era incapaz de dejar marchas historias como la de Diego González Rivas. Defecto de profesión. El caso es que la periodista Elena Pita tampoco lo hizo. Persiguió al “bisturí” un año alrededor del mundo, se comunicó con él por guasap, skype y hasta en ambulancia de camino al quirófano y el resultado lo metió en un libro “Imposible es nada”. Diego lo demuestra con su ejemplo. El médico es consciente de que el ritmo al que mastica las horas no es saludable, pero aún le quedan dos años como mínimo de mucho trabajo. Después tiene pensado aminorar la marcha y regresar: “Me gusta La Coruña y mi ciudad es esta”. Para seguir extirpando tumores de otra forma. Sin luchar contra el jet lag.
Tiene solo 42 y su técnica, la que construyó en su cabeza después de conocer algo parecido en Estados Unidos y ver cómo sus pacientes se retorcían de dolor, se aplica siempre en 12 o 13 hospitales de España y en otros muchos, aunque no en todos los casos. No contento con eso, Uniportal VATS, que es cómo bautizó a su invento, se aplicó en más de 40 ciudades chinas. Hace poco convenció en un centro de Jordania y conquistó Cuba y Arabia Saudí. 
Decía Elena en la presentación del volumen en A Grela que para ella “Diego es una frase: Yo te opero”, en “una cruzada contra el dolor”. Contra el cáncer, que le pone límites que no puede traspasar por mucho que los enfermos se lo pidan: “No es beneficioso”, pero en otros, cuando la oncología no puede hacer más y solo una operación abierta es la opción, la suya, la de una única incisión y un postoperatorio de 48 horas es el único salvavidas que existe. 
Pero como la cabeza no para, mientras viaja, en esas horas que regalan los aviones a velocidad de crucero, Diego piensa mejor y llega al destino con una innovación apuntada en la libreta: “Mis mejores ideas me vinieron en los vuelos”. A día de hoy, ya no siempre abren el tórax, combinan incisión con el paciente respirando, anestesiado solo de forma local, y le da vueltas a un sistema con pinzas magnéticas que separe el tumor. También maquina una cámara inalámbrica “que lo va a cambiar todo”, asegura. 
El futuro, dice, pasa por el desarrollo de un robot uniportal que está diseñando con Google y otra compañía y que “entrará como un cilindro para extender los brazos dentro de la caja torácica. Ya hay prototipos de cómo debe ser”. Será por donde camine la cirugía. En 20 años, calcula, la microrobótica podrá lanzar mecanismos pequeños al cuerpo con la misión de destruir el cáncer “y que lo saquen por el torrente sanguíneo”. En el de pulmón prevé que será una pastilla, la medida más eficaz para exterminarlo, pero eso ya no lo verá o eso al menos es lo que cree. 
Antes de que todo esto ocurra, su vida puesta al servicio del que espera en camilla se puede leer en un relato, que se remonta al principio, al momento en que Diego decidió demostrar su técnica costara lo que le costara. 
En cosa de seis años, se practica en medio mundo, ninguna otra se extendió tanto. Para conseguir ese efecto, no fue tanto a los congresos ni a las publicaciones, sino que acudió in situ a los hospitales para que vieran en directo cómo con un pequeño corte extirpaban los tumores torácicos él y los de su lado.
De ahí que el volumen sea “un ejemplo para los jóvenes”, que les empuja a que si creen en algo, luchen porque “la persistencia es la clave, no solo en la cirugía, también en la vida”. Y es que “la biología es caprichosa y el cuerpo puede dar respuestas que no se esperan”. En ese punto, aparece Diego y su equipo. Son lo que se conocen como “rescates quirúrgicos”, cuando no es operable de entrada, pero tras el tratamiento dejan abierta una esperanza. 
Cuando eso ocurre, Diego no duda. Y da igual que esté llegando a casa y se muera por abrazar a sus padres. Antes se pasa por el Chuac como el sábado pasado. Es como una voz interior a la que no le puede decir que no. Lo tiene que intentar, en parte ayudado por la experiencia de hacer miles de operaciones, 800 el año pasado. Enfrentarse solo a un quirófano en zonas rurales de China, por ejemplo, “hace que lo pases mal al principio”, pero después le da la confianza para lanzarse a una siguiente y sumar cinco en el mismo día, a veces sin dormir, con cambios bruscos de horarios, pero con ese ronroneo que le dice “tienes que intentarlo” en silencio. 
Así en paz, Diego descansa lo que puede y su creatividad gana más metros cuadrados. “Si eres más creativo, acabas haciendo cosas que ni te imaginas”. Tiene solo 42 y es de los que tienen que hacerlo. Por eso, es el cirujano que operó en más países. Con 42...

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