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Bonilla y nueve décadas de éxitos como churros

César Bonilla, con su nuera, durante la celebración sorpresa de su cumpleaños| Javier Alborés

Caminar por la calle con el orgullo de haber hecho feliz a una ciudad primero y a medio planeta después es un privilegio que solamente aquellos que trascienden su propia existencia pueden permitirse. Entre los coruñeses que más sonrisas ha levantado y sigue levantando cada día se encuentra César Bonilla, cuyo apellido traslada directamente a un lugar y sabor comunes. En uno de ellos, el del número 52 de la calle de la Galera, no solamente sopló las velas de su 90 aniversario, sino también el de la marca familiar que sigue dirigiendo con su pulso fuerte de ‘capitán’, un apodo tan reconocible como su figura. 


Resultó la celebración la representación de todo aquello que en Bonilla a la Vista trasciende del mero placer de un churro o una patata: un pequeño acto familiar, rodeado también de amigos y clientes de toda la vida, en el que el protagonista fueron el capitán y su legado. Como buen comandante en jefe no renunció a pasar revista a sus tropas: las hordas de churros y crujientes snacks pasaron una vez más la prueba del paladar. Entre cámaras de televisión, fotógrafos y clientes agradecidos se abrió paso hasta la cocina para catar el producto, un hábito que mantiene intacto. También demostró mantenerse en forma a la hora de subir las escaleras con ritmo ágil y buscar un poco más de espacio para cortar la tarta, compartirla con los presentes y analizar lo rápido que pasa el tiempo, sobre todo con el viento a favor del éxito y el reconocimiento. “Crees que nunca vas a llegar, pero en realidad llega muy pronto, hay que tener cuidado y seguir caminando por la vida”, aseguró Bonilla, cuya fórmula camino del centenario se resumen en “que nos sigan echando años encima, porque parar no lo podemos parar”. 


De cabo a capitán 
El cabo Bonilla  dio nombre en 1932 a una empresa que el capitán César, su hijo, ha llevado a unas dimensiones impensables cuando llegó desde Ferrol a A Coruña en 1949. Los coruñeses de toda la vida o bien aún recuerdan o han escuchados historias del primigenio local de la calle del Orzán. No cerraba nunca, gracias a una licencia especial que le impedía vender alcohol. A cambio, se convirtió en lugar de referencia de un alcalde noctámbulo en sus hábitos de trabajo, como era el caso de Alfonso Molina. El regidor tenía dos placeres servidos en caliente: el churro recién salido de la freidora y El Ideal Gallego recién impreso en la rotativa de la calle de Rubine. 


En 1958 llegó a la calle de la Galera para no moverse nunca más del corazón de la ciudad, tanto en el sentido estricto como el figurado. Hoy son seis los establecimientos, además de la fábrica de Sabón. Todos ellos son más coruñeses que un churro de Bonilla. Es decir, el placer de tomar un chocolate y mojarlo en el churro recién producido es un privilegio y un placer que se queda para el debe de las guías turísticas.


Un icono al estilo Andy Warhol 
Bonilla se ha convertido en un icono cultural comparable a la sopa de tomate Campbell´s que Andy Warhol inmortalizó en 1962. La narrativa popular vinculará la empresa gallega a las narraciones que los 90 y a comienzo de siglo realizaba Andrés Montes. Un churro de Bonilla se traducía en el diccionario como un disparo desacertado en cualquier cancha de la NBA. En 2019 se coló también en la historia del cine con su posicionamiento en Parásitos, primera de habla no inglesa en llevarse el Oscar a mejor largometraje. 
Para entonces ya era un producto gourmet en Corea del Sur, uno de los 22 países donde se ha instalado con éxito una empresa familiar con más de 100 trabajadores y que exporta el 15 por ciento de su producción. “Siempre fuimos churros y patatas”, advierte un capitán que surca con éxito todos los océanos. l

Bonilla y nueve décadas de éxitos como churros

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