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A Coruña

El mal estado de los álamos de la plaza de Ourense obliga a podas para reducir el peligro de caídas

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La salud del arbolado de la ciudad es un tema recurrente. No solo muchos de ellos son ya venerables ancianos, que arrastran los achaques propios de la ciudad, sino que también las sequía les afecta, sobre todo a los más frágiles. Es el caso de los álamos que sombrean la plaza de Ourense. Estos emblemáticos árboles se encuentran en malas condiciones y existe el peligro real de que se desgaje alguna de sus ramas.

Los técnicos municipales   consideran que la situación está controlada porque hacen revisiones periódicas y realizan podas para tratar de aliviar en lo posible a los árboles de su peso. Así se evita la caída de ramas que resultaría tan peligrosa “Es una zona con mucho tránsito”, reconocen desde María Pita. La parada de taxis, la de autobús, y el Quiosco Down Experience. Así se reducen las posibilidades de caída.

La solución más prudente sería talar los cuatro ejemplares pero no es una decisión fácil de tomar: se trata de árboles que llevan allí cerca de un siglo, y a los que la ciudadanía coruñesa ha cogido cariño. Eliminarlos sería una decisión polémica, a la que se resiste el Gobierno de Inés Rey, que ya ha tenido que afrontar casos parecidos. El último, un haya púrpura en los jardines de Méndez Núñez.

En total, son cuatro los árboles que cubren la plaza, y todos pertenecen a la misma especie: el álamo blanco (populus alba). Ya no se recomienda plantarlo en entornos urbanos porque no solo es un árbol frágil, sino porque crece demasiado. Es, de hecho, uno de los de mayor crecimiento de la Península.

Además, tiene una corta esperanza de vida, de unos 80 años, que se recorta aún más en un entorno urbano, donde las especies vegetales acusan el mismo estrés que también padecen los seres humanos. Además, tienden a las pudriciones, lo que aumenta el peligro de desprendimiento de las ramas.

Un ciclo vital

El ingeniero forestal Carlos Franco, un experto que en su día contribuyó a redactar un catálogo de las especies arbóreas de la ciudad, considera que sería necesario talarlos. Ante las alegaciones sentimentales de aquellos que los echarían de menos si desaparecen de la plaza, Franco apela a la razón: “Los árboles son seres vivos. Nacen crecen, y... mueren”.

Por el momento, el Ayuntamiento no parece dispuesto a adoptar esta medida radical. Por supuesto, se pueden plantar otros árboles pero nunca del mismo porte que los gigantes silenciosos de 25 metros que durante tantos años han acompañado a los coruñeses. Ya forman parte del paisaje de la ciudad y su pérdida se haría sentir.

Pero no sería la primera vez: ha sido necesario talar olmos en San Carlos, pinos en Santa Margarita y palmeras en La Marina. El tiempo no perdona, ni siquiera a los más grandes.

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