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A Coruña

La curiosa mercancía que se llevó Elcano de A Coruña cuando zarpó en 1525

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Cuando el 24 de julio de 1525 –dentro de un mes se cumplirán 500 años— una armada de siete barcos zarpó del puerto coruñés, el más ilustre de los cerca de 450 hombres que en aquella expedición iban portaba en sus aposentos una mercancía curiosa, destinada al intercambio comercial. Aquel navegante se llamaba Juan Sebastián de Elcano y ya era una leyenda.

“Flacos como jamás hombres estuvieron”. Es una frase de Elcano (Guetaria, 1486-Océano Pacífico, 1526) que expresa el estado de él y los otros diecisiete hombres que arribaron a Sanlúcar de Barrameda a bordo de la nao ‘Victoria’ el 6 de septiembre de 1522, es decir, 2 años, 10 meses, y 18 días antes de la partida de las siete naves de A Coruña. Acababan de completar una insólita gesta: la primera vuelta al mundo. En esa singladura pasaron por las islas de las especias, y de hecho la ‘Victoria’ llegó a España cargada con 28.000 kilos de clavo.

Construcción de las naves

Curiosamente, antes de tener noticia del éxito de la expedición que inició Magallanes y acabó Elcano, el rey Carlos I ya había encargado que se empezasen a construir en Portugalete cuatro naves (‘Santa María de la Victoria’,  ‘Sancti Spiritus’, ‘Anunciada’ y ‘San Gabriel’) para ir a las Molucas, las famosas islas de las cotizadas especias, tarea que iba muy avanzada.

Una vez que llegó el de Guetaria con las buenas nuevas, el monarca dio orden de que ampliar la expedición, y es por ello que se encargó la construcción de otras naves en A Coruña: ‘Santa María del Parral’, ‘San Lesmes’ y ‘Santiago’, así como un patache desmontado en piezas para armar una vez llegados a destino.

El herculino fue el puerto elegido como sede de las expediciones españolas al Moluco porque, entre otras razones, así lo recomendó en un informe Elcano, quien llegó a primeros de marzo de 1525 a la ciudad con la flota de cuatro naos procedentes de su tierra natal, a bordo de las cuales iban 275 hombres. Partió al poco a Valladolid, donde tenía una hija, pero es seguro que estaba de vuelta a primeros de mayo, pues el 7 de ese mes cobró un adelanto de su sueldo en A Coruña.

Ante el escribano

De ahí a su partida el 24 de julio con el resto de la expedición, hizo el trabajo que le correspondía como piloto mayor y segundo jefe de la expedición, y también tuvo tiempo de hacer trámites de tipo personal. Así sabemos que el 13 de julio “se personó ante un escribano público de La Coruña para dejar nombrados varios apoderados que pudieran reclamar su sueldo en representación de sus herederos”, escribe Tomás Mazón en su libro ‘La vuelta al mundo maldita. La expedición de Loaysa’ (Editorial Edaf).

Grabado de los años 50 del siglo XIX que representa a Elcano, de Luis Fernández Noseret BIBLIOTECA NACIONAL DE ESPAÑA
Grabado de los años 50 del siglo XIX que representa a Elcano, de Luis Fernández Noseret | BIBLIOTECA NACIONAL DE ESPAÑA

Este mismo autor habla en ese trabajo sobre las llamadas “mercaderías de rescate”, o sea, “la mercancía que serviría para comprar clavo en las Molucas”. “Según la experiencia adquirida durante la expedición de la primera vuelta al mundo, los bienes más preciados allí habían resultado ser las telas y los paños. Por ello, se cargó una gran cantidad y variedad de estos productos: holandas finas, damascos, terciopelos, manteles ‘de ricos colores’, manteles alemaniscos, lienzos de Ruan, de Bretaña y de naval, y, por supuesto, hilo y agujas de coser. Las bodegas de los barcos se convirtieron en auténticos almacenes textiles”, detalla, antes de reseñar que también se cargaron con ese fin numerosos objetos de metal, “que habían resultado siempre especialmente atractivos para las gentes de todas partes”. Se refiere a “placas de cobre y plomo, candeleros, bacinejas, pulseras, aguamaniles y platos de latón, así como balanzas con sus juegos de pesas, a los que no faltaron otros productos habituales como cuchillos, espejos, peines, cristalino de colores, sombreros, papel y un largo etcétera”.

A esta carga general hay que sumar los objetos que cada marino portaba en sus cajas propias. En el caso de Elcano, nada menos que cien anteojos, “destinados suponemos que a corregir la presbicia por tratarse de las lentes más sencillas de fabricar”, apunta Mazón. “Ojalá pudiéramos ver la reacción de una persona de la época que necesitara gafas y no supiera siquiera de su existencia, ante un ofrecimiento como el que Elcano podía hacer con esto”, añade.

Los cien anteojos viajaron a bordo de la ‘Sancti Spiritus’, que era la nave a su mando y que, junto a las otras, zarpó de la ciudad el 24 de julio de 1525, el día anterior a la festividad del patrón de España. No sabemos qué ocurrió finalmente con los anteojos. Sí con el navegante que los portaba, que murió durante la singladura, seguramente debido a una intoxicación alimentaria por haber consumido ciguatera.

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