El quehacer de los muros

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Leo que un nacionalista catalán ha pedido públicamente que se apedree la casa del menor de Canet cuya familia exigió que se impartan el 25 % de las clases en español. Esta petición, coherente con su ideario, ha merecido una campaña de rechazo en el resto de España.


Reacción ingenua; es como si por enésima vez nos negásemos a entender que responden, a la legítima petición de la familia que tutela los derechos del menor, con los argumentos y elementos que conforman sus naturalezas ideológicas. Son muros, y como muros se expresan, no tienen palabras, ni razones, solo piedras, y con piedras y como piedras se comportan. Qué importa que sea solo un niño de cinco años y unos padres exigiendo un derecho constitucional, y lo que es más importante, el suyo propio a mediar en la educación que está recibiendo su hijo. Para estos energúmenos son solo sombras sobre los monolíticos muros que los constituyen, sombras a las que hay que apedrear para que no mancillen, con su actitud reivindicativa, su utilidad, la de cerrar, contener y sofocar todo gesto de rebeldía que ponga en peligro su ideal totalitario, esa pesada sombra que lastra a esta sociedad y que los convierte a ellos en muros.


Imagino que si los padres de esas personas hubiesen luchado en su día por su derecho a ser educados en valores democráticos no habrían terminado convirtiéndose en eso que son, muros dispuestos a aplastar, con sus piedras, cualquier atisbo de libertad.

El quehacer de los muros