La muerte sale al encuentro

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Venimos al mundo por accidente o decisión de terceros. De golpe y porrazo nos plantan en una vida a la que estamos obligados a adaptarnos de forma física y psíquica. Nos imponen qué hacer y cómo hacerlo a criterio de quien tengamos la suerte o la desgracia de que nos eduque.


Aprendemos a andar, a hablar, a leer, a escribir, a relacionarnos, a memorizar y, por supuesto, a respetar, a tolerar, a dialogar, a perdonar, a esperar y a amar, entre un sinfín de principios y valores más. Y, de pronto, somos conscientes de la utilidad de lo aprendido para lograr sobrevivir en unas circunstancias que, a menudo, nos son bastante hostiles.


Tratan de enseñarnos a vivir y, en general y con mayor o menor acierto, todos acabamos haciéndolo lo mejor que podemos y hasta transmitiendo a nuestros hijos lo que un día aprendimos de nuestros padres. Nos amaestran sobre lo bonita que es la vida y la importancia de amarla y de respetarla, sin embargo, es poco frecuente que nos enseñen a morir.


Vida y muerte se dan la mano desde el mismo instante en que ponemos un pie en la tierra, pero la primera es ensalzada y valorada, mientras que la segunda es una especie de fantasma que nos ronda y que nos llena de temor.


La vida es una bella mentira y la muerte es una triste realidad, supongo que por ello, los seres humanos preferimos vivir engañados y aferrados a cabos ardiendo, mientras sentimos cómo nos sobrepasa el temor por lo desconocido y somos incapaces de pensar que, quizás, también al nacer morimos.


En cualquier caso, es importante disfrutar la vida, pero no debemos olvidar que siempre debemos estar preparados para marcharnos. Quizás, la clave para no hacerlo de pena en vida, sea el luchar. Tal y cómo señalaba Mario Benedetti, es importante no rendirse nunca, perseguir los sueños, destrabar el tiempo, correr los escombros y destapar el cielo; porque he ahí la vida.


Muerte y vida son aliadas, amigas inseparables, hermanas del alma; pero nos educan para detestar a la que, al final del camino, nos acogerá en sus brazos. La pintan de negro, la dibujan por medio de monstruos o de máscaras diabólicas y la maquillan-egoístamente- de un dolor insoportable que sufre el que se queda- a la espera de su turno-, ante la pérdida de un ser querido.


En mi opinión, el único miedo que debe producirnos la muerte es el de la enfermedad previa o el del intenso dolor que nos llevará hasta ella. Nada más. Algo que, por supuesto sin recordarlo, me obliga a pensar en el sufrimiento que padecemos en el momento del alumbramiento.


Un instante, tan solo un instante que nos obliga a salir de un medio para meternos de lleno en otro. Quizás, si lográsemos ver la vida como un paso previo a otro lugar, al igual que un día lo fue el de venir a ella, podríamos temer un poco menos a la muerte.


Aprender a ver el final como una especie de amiga a la espera, en la que los creyentes verán la luz y los no creyentes descansarán para siempre; sería la clave para atrevernos no solamente a comernos la vida a mordiscos, sino para ser capaces de desterrar para siempre de ese alma que Benedetti consideraba que se escondía entre la garganta y el corazón; el pánico que nos acecha a lo largo de toda nuestra vida.


*Begoña Peñamaría es diseñadora y escritora

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