El drama de La Palma

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Mientras escribo suena de fondo la canción de los Sabandeños “Islas Canarias”, “la tierra de mis amores que brota del mar, vergel de belleza sin par, jardín ideal siempre en flor… ¡Ay, mis siete islas canarias con el pico Teide de guardián, son siete hermosos corazones que palpitan al compás!”.


En uno de esos “siete corazones”, en la bella isla de La Palma tembló el suelo, se oyó un rugido, el volcán de Cumbre Vieja despertó de un letargo de cincuenta años y empezó a arrojar lava por varias bocas. Fue el comienzo de un desastre que está marcando para siempre la vida de los palmeros.


Las imágenes son sobrecogedoras. Decenas de casas, colegios, infraestructuras de comunicación y plantaciones agrícolas están siendo engullidas por la lava y miles de personas son evacuadas con lo puesto -¡qué traumático debe ser escoger cuatro cosas para llevar!- porque el fuego devastador del volcán “devoró toda nuestra vida”, decía una señora llorando, desolada viendo como su casa era sepultada por el magma.


Es este es un drama humano y económico de enormes dimensiones, el mayor desastre que han vivido las islas Canarias en los últimos tiempos. “Una calamidad”, en palabras de Juan Arturo San Gil, concejal de protección Civil de Santa Cruz de la Palma, la capital de la Isla.


No hubo desgracias personales -es la única buena noticia hasta ahora-, pero crece la desolación entre los lugareños, impotentes ante el desastre total que está ocurriendo delante de sus ojos. Al concejal San Gil, que lamenta la situación de todos los afectados, se le rompe el corazón pensando en “los viejecitos que lo han perdido todo”. Me duele en el alma, dice, que pasen por esto a su edad.


Es que la vida es un montón de recuerdos y muchos mayores -también los más jóvenes- ven con horror como desaparece toda la vida que conocieron. El magma sepultó sus pueblos, sus casas, sus vivencias e historias personales, acabó con muchas ilusiones presentes y truncó todos sus proyectos de futuro.


Vamos a ver si las promesas que se escucharon todos estos días en la isla perduran cuando se apague el volcán y el “estado de bienestar” pone los recursos necesarios para reponer infraestructuras y ayudar a los afectados a levantar sus casas y replantar cultivos para rehacer sus vidas, paliando de algún modo los daños causados por la catástrofe. Cabe esperar que las instituciones no se pierdan en burocracias paralizantes y se vuelquen con La Palma con celeridad y eficiencia.


Los gallegos, que tenemos profundas vinculaciones con las Islas Canarias, enviamos a la gente sencilla, noble, generosa y acogedora de La Palma nuestra solidaridad sincera y un grito de ánimo con toda la energía positiva de que disponemos.

El drama de La Palma