Tiempos de fiereza

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Creo que no hubo una persona de bien que no se estremeciera cuando se dio a conocer la agresion terrible a un joven de 20 años. El relato inicial de los hechos no podía ser más cruel, más sórdido. Pasadas las horas, la Policía, gracias a un trabajo impecable, todos nos volvimos a estremecer porque resultó que todo era falso. Todo menos los hechos objetivos como que el chico en cuestión tenía su nalga sellada con sangre la palabra “maricón” y lo que en un principio se pensó era una agresion organizada en toda regla, resultó ser una práctica consentida. Nada más conocerse los hechos que resultaron ser un falso relato, España pareció convertirse en Kabul. Desde la izquierda los mensajes han sido realmente alarmantes: desde bandas organizadas a la caza de los homosexuales, a un crecimiento enorme de los delitos de homofobia cuando según los datos oficiales los delitos de carácter homofobo son los que menos incremento han tenido. Por delante están los de carácter xenófobo y de odio político. Aquí no va tanto de cifras como de hechos.


Son en los momentos de zozobra cuando nuestros responsables políticos están especialmente obligados a la prudencia, a buscar la palabra adecuada a esperar a conclusiones definitivas. Pero no, el supuesto ataque al joven de Malasaña despertó, una vez más, la fiereza política y la ausencia total de prudencia. Se trataba, y así se dijo, de un delito de odio y los responsables de no acrecentar ese sentimiento dieron rienda suelta a la fuerza política. Al Presidente del Gobierno le faltó tiempo para ponerse al frente de la manifestación y convocar de manera extraordinaria la Comisión de seguimiento de los delitos de odio y ni que decir del Ministro de Interior que, sin disimulo alguno, culpó de los hechos a los discursos de Vox, partido al que citó con todas sus siglas. Vox, por su parte, condena los hechos y de manera indirecta parece achacarlo a los inmigrantes sin prueba alguna. La máxima dirigente de Unidas Podemos, escandalízada por tanto odio, se dirige al tercer partido de España tildándoles de “profesionales del odio”. Reacciones magníficas para trasladar a la sociedad prudencia y serenidad. Se trata de combatir el odio generando más odio.


La izquierda no pierde oportunidad para erigirse en únicos defensores de la convivencia pero su falta de pudor es digna de encomió. Aquí ha ha habido alerta fascista porque España está plagada de fascistas. Se reciben balas y una navaja y naturalmente es la derecha responsable, por lo menos indirecta, de unas amenazas de las que nunca más se supo, Alerta fascista, dijeron.


En España claro que hay delitos de odio. Hay odio cuando se agrede a un homosexual por serlo, a una persona de color al que no se le considera uno más de nosotros y hay odio cuando a un joven del PP le parten la cara por militar en ese partido. ¿No hay odio detrás de estas agresiones? Claro que lo hay, pero cuando agreden a una persona de color en el metro o se muele a palos a un militante de un partido que no es el propio aquí no pasa nada. El Presidente no muestra en público su empatía, ni hay reuniones extraordinarias. El odio se mueve en muchas direcciones y es obvio que los homosexuales sufren ataques inasumibles. Si yo lo fuera creo que me sentiría utilizada por aquellos que, aparentemente, se ponen en primera fila para coger banderas que sirven, sobre todo, para que no se hable de otras cosas. Si España es Kabul, si el odio campa a su aire por nuestras calles, todos tenemos un problema y antes que nadie el ministro de Interior. Nuestra seguridad, la de todos, es su responsabilidad.

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