La ilusión también se muere

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La ilusión es esa amiga que camina con nosotros de cuando en cuando. Es esa aliada que siempre sonríe y a la que tratamos de buscar cuando todo vuelve a estar oscuro.


Porque la vida es eso: luces y sombras. Principios y finales. Nacimientos y fallecimientos de toda índole.

Posiblemente, la búsqueda de la motivación no es más que ese motor que nos distrae de una árida realidad y que nos permite reinventarnos y alejar nuestras mentes de la certeza de lo cercano de la muerte.


Pero la ilusión no es eterna. Se cansa de insistir. Se aburre de esperar y, muchas veces, se vuelve contra ella misma. De alguna manera, de tanto desearlo y nunca conseguirlo, nos deja de interesar. Nos vuelve seres descreídos y, en ocasiones, personas que reniegan de aquello que un día nos sirvió de impulso. Y he ahí donde nace la desilusión.


El desencanto es pariente de la muerte en vida y amigo de la desgana. Es como olvidar lo que en esencia fuimos, para transformarnos en lo que la vida-a base de golpes-, nos obliga a ser. Es ser esclavos de la mediocridad de espíritu y enemigos de la felicidad.


Descartes solía decir que la alegría ilusoria valía más que el dolor genuino. Si seguimos el pensamiento del filósofo, no deberíamos dejarnos hundir en el fango de la pena, porque incluso siendo conscientes de la dificultad de nuestro objetivo, es preferible vivir engañados en la alegría de su posible consecución, que sufrir hasta la saciedad por haberlo dado por perdido.


No obstante, no hay que olvidar que existe un tiempo para tratar de llevar a cabo las ilusiones y que, de no lograrlas, es preferible reinventarlas y adaptarlas a otra circunstancia, que aferrarnos a una terquedad o a unas convicciones trasnochadas que también puede acabar destruyéndonos.


Así que si ustedes gozan de una ilusión, peleen por ella, créansela a pesar de parecer ilusos, vivan 

inmersos en la felicidad que les produce la idea de lograrla…, pero si esta tarda demasiado o no acaban de encontrar el planteamiento idóneo y satisfactorio; no duden en darle un giro a la estrategia o en plantearse si no merece la pena iniciar la búsqueda de otra.


Porque nuestras ilusiones no tienen límites, pero nuestras vidas sí.


Probar mil veces la amargura del cáliz arrimando nuestros labios es correcto, hasta que uno se da cuenta de que su tiempo es oro y de que hay más caminos que explorar antes de que este expire.

La ilusión también se muere