Criticar, por principio, al Gobierno

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Vaya por delante que pienso que el Gobierno es susceptible, y lo merece, de recibir no pocas críticas, y no me he arredrado nunca a la hora de gritar lo que de la actuación gubernamental me parecía mal. O bien. En lo que nunca estaré de acuerdo es en esa estrategia cainita de decir que todo cuando hace el Ejecutivo está bien. O mal. Lamentablemente, en esas, de extremo a extremo y tiro porque me toca, estamos. Y entonces, cuando nos pasamos de frenada, a veces incluso hacemos algo el ridículo. O bastante.


Así, pedir, como algunos hicieron en las últimas horas, la dimisión del ministro del Interior porque un joven descerebrado se inventó una agresión homófoba fuertemente condenada por el Gobierno, me parece, pura y simplemente, una pasada. Si luego no hubo agresión, ni bandas instigadoras del odio grabaron insulto alguno en la piel del pobre descerebrado que denunció en falso, tal denuncia no es culpa de Marlaska, ni de Pedro Sánchez, ni de usted, ni mía. Ni tampoco de algún portavoz de Vox que, antes de que se desvelase la mentira, habló oscuramente, y sin la menor prueba o indicio, del peligro de ciertas bandas de inmigrantes.


Discutí no poco con un compañero que, quizá con un exceso de ardor y de simpleza, acusó al Gobierno ‘socialcomunista’ de estar utilizando el caso de la homofobia ‘fake’ para “tapar otras cosas, como el precio de la luz o los varapalos judiciales”. Como si el Gobierno se hubiese enterado del caso, que, como a todos, le pilló como un tiro al aire disparado por un lolco ajeno.


Creo que ejercer la oposición con celo excesivo, o con sumo ardor guerrero, puede provocar un ‘efecto boomerang’ en la opinión pública. Cuando el líder de esa oposición vaticinó, hace cuatro meses, que se tardaría “cuatro años o más” en tener vacunado al setenta por ciento de la población, porque “Sánchez nos ha mentido una vez más”, lo menos que podría haber hecho es disculparse cuando, el último día de agosto, se alcanzaba ese setenta por ciento. O, ya digo, criticar que el presidente, desde su retiro veraniego en La Mareta, calzase unas zapatillas para participar en un muy útil ‘zoom’ con la presidenta de la Comisión Europea. Y mira que este Gobierno da motivos para la más acerba de las críticas por su prepotencia, su chulería, su opacidad y su falta de sentido del Estado, del que, por cierto, siempre anda tratando de apropiarse. Pero el cainismo, el ansia por destruir al adversario, convertido en enemigo a muerte, dominan el espectro político español y ese sentimiento asesino no se para en barras. Y conste, lo digo para que nadie me llame corporativista, que no hablo solamente de la clase política: la misma perplejidad me producen compañeros que todo lo que hace el Gobierno, sea lo que sea, lo ven negro y, cuando no pueden verlo negro, simplemente miran hacia otro lado. Y exactamente con otros dedicados a quitar la razón a la oposición pase lo que pase, diga lo que diga. No es ese, a mi entender, el papel de los medios ni de los profesionales de la comunicación, que vamos perdiendo a raudales ese necesario alejamiento de las pasiones que impone, debería imponer, el periodismo.

Criticar, por principio, al Gobierno