Encuestas para todos los gustos (y disgustos)

He hecho demasiadas encuestas en mi vida como para creer que reflejan una realidad futura y que no solo sirven para marcar una tendencia. Claro que no estoy denigrándolas: solamente digo que no pueden tomarse como si fuesen las tablas de la ley. Son apenas, un termómetro para medir la temperatura ambiental durante unos pocos días. Después, esa temperatura cambia, hay que usar un termómetro nuevo. Cuando todos los sondeos publicados y/o conocidos dicen lo mismo, podemos pensar que esa tendencia muestra un camino más o menos predecible. Pero cuando unas dicen una cosa y otras casi la contraria hay que tentarse mucho la ropa antes de sentirse con la euforia del vencedor o de desanimarse como perdedor. Y esto es lo que ocurre en estos momentos con esa especie ‘sui generis’ de serpiente de verano que son las encuestas: que unas animan a Pablo Casado como posible (o hasta probable) ganador en unas elecciones y otras, que no es solamente la del CIS, indican que Pedro Sánchez se mantiene en el podio con la medalla de oro. ¿Dónde está la verdad? Seguramente, en ninguna de las dos versiones, como muy bien saben quienes analizan los trabajos demoscópicos.

Ni estoy dispuesto a tragarme sondeos con muestras cuestionables que dan todas las bazas a la oposición ni me creo ciegamente los trabajos –por ejemplo, los del CIS, aunque ni mucho menos figuro entre quienes quieren lapidar a Tezanos– que insisten en que el Gobierno, aunque sea con las alianzas de este ‘Gobierno Frankenstein’, se mantendría en el poder tras las elecciones al final de la Legislatura. Y mi incredulidad se basa precisamente en eso: no sabemos cuándo acabará la Legislatura. Y, a tenor de las cosas que han venido ocurriendo en la desdichada política española en los últimos dos años, ¿quién podría asegurar que no habrá virajes sustanciales en esa veleta sujeta a todos los vendavales y a todas las brisas que es la opinión pública?

Lo que creo que ocurre es que las fuerzas políticas españolas viven en y de la coyuntura y no marcan una estrategia previa. La improvisación es, junto con la negación por principio de pactos y acuerdos, la tónica que domina en nuestros partidos, ombliguistas por principio y casi por definición.

Sí, las encuestas pueden convertirse, involuntaria o voluntariamente, en auténticas ‘fake news’ , en las que los primeros engañados son los propios promotores de esos sondeos, que deberían conocer previamente su bajo grado de fiabilidad. Es preciso aplicar una buena dosis de sentido común para analizarlos y para tratar de adivinar el sesgo último de las respuestas que se hallan en la muestra. Y, desde luego, citar los resultados de un trabajo demoscópico para certificar lo acertado de la política propia y lo errado de la ajena me parece un auténtico disparate, propio de una clase política que cada día que pasa menos contacto tiene con esa realidad que se adquiere escuchando a la gente de la calle. Esa gente que te dice que ‘a mí jamás me han hecho una encuesta para preguntarme qué voy a votar o qué me parece un acuerdo con los catalanes, o si soy monárquico”. De esos a los que ningún encuestador nunca les ha preguntado nada debemos ser unos cuantos millones, ¿no? Pues no haré más preguntas, Señoría.

Encuestas para todos los gustos (y disgustos)

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