Los renglones derechos de Dios

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Últimamente, ante el caos que invade el mundo de norte a sur y de este a oeste, no dejo de plantearme reflexiones que ponen patas arriba el sistema en el que me he criado y en el que, hasta ahora, siempre había creído.


Cada vez con mayor convencimiento, me siento como una hoja al viento y percibo la realidad como una especie de partida dificultosa en la que todos estamos inmersos; algo que, aunque preferiría no plantearme, ha sido así desde el comienzo de los tiempos.


La vida es un juego que a veces se torna de color de rosa y, otras, lo hace de un tono tan oscuro como el de la incertidumbre que nos azota en esta posguerra contra una peste que, no solamente no se conforma con habernos regalado un reguero de muertes y de vivencias podridas, sino que cada poco nos obsequia con un nuevo coletazo para que no la olvidemos.


Y, ante este panorama y con el único fin de no enloquecer, pienso una y otra vez en la magistral obra de Torcuato Luca de Tena que hace alusión al título de este artículo, pero al revés. Y recuerdo a su protagonista, aquella loca cuerda o, quizás, aquella cuerda loca.


Porque en el fondo, tal vez lo único que haya que hacer para conservar la cordura en estos tiempos rotos, sea aparentar adaptarse por medio del engaño-tanto a uno mismo como a los demás-, a los vaivenes de un bicho que lleva un año y medio fastidiándolo todo y aniquilando nuestras ilusiones.


De un modo similar al que practicaba Alice en Los Renglones Torcidos de Dios-con el único fin de enmascarar su deseo de matar a su esposo-, nosotros solamente debemos amoldarnos a los caprichos de un virus que se afana en aniquilar nuestras ilusiones… y tratar de hacerlo como si no pasara nada, con cierto cinismo, buen ánimo y mirando siempre hacia delante. Protestar un poco, si se tercia y según el día, y continuar.


Poner al mal tiempo buena cara y auto convencernos de que todo saldrá bien, es un ejercicio de obligado cumplimiento para mantener la cordura; algo que se ha convertido en una cuestión de moralidad y de solidaridad. Un imperativo categórico para aquellos que sean capaces de poder practicarlo. Una necesidad individual y colectiva, para tirar los unos de los otros y así evitar que el mundo se ahogue todavía más.


Así que seamos todos como ella, como la protagonista de la magistral obra de Luca de Tena. Finjamos, como Alice lo hacía, si es que llega a resultar necesario. Cuando dudemos, engañémoslos a todos haciéndoles creer que esto acabará pronto y que todo volverá a ser como antes fue. Y, cuando tengamos la certeza de que todo saldrá bien, seamos convincentes, positivos y cada cual que inunde su entorno de seguridad y optimismo.


Solamente esa energía compartida nos sacará de la basura. Porque la única realidad es que torres más altas han caído y que todo viene como se va. Y esto se irá. El precio a pagar es todavía desconocido, pero será más barato si nos damos la mano y nos ayudamos los unos a los otros. No perdamos la cordura o, quizás la locura de intentarlo; porque tal y como dice un estupendo amigo mío: tenemos que ponernos manos a la obra convirtiendo con convicción la visión en acción. Y esto, señoras y señores, es aplicable a todas las etapas que nos toque vivir. Así que no desfallezcamos por esta aparente pérdida de seguridad, porque lo cierto y en el fondo, es que jamás hemos estado seguros, aunque nos engañábamos obligándonos a no pensar o a simplemente pensar que sí lo estábamos.

Los renglones derechos de Dios