La soledad de Samuel

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Asesinar a Samuel, a sangre fría, en la noche tibia de una ciudad civilizada, frente a un mar que invita a amar y en un espacio abierto a la alegría de vivir, de estar vivo.


Asesinar a un niño por ser lo que su singular naturaleza y natural libertad le demanda. Íntimo espacio de su ser que solo a él toca enjuiciar y conciliar.


Ser asesinado por jóvenes, algunos niños, en un mundo tan joven y tan niño como ellos, y pensar que no hubo ni motivo en sus ánimos, ni piedad en sus corazones, que te golpearon hasta perder ellos antes la noción de su humana condición que tú el conocimiento.


Rogar, gemir, dolerte y oír y verlos gritar enardecidos, jaleándose en una brutalidad impropia de lo humano.


Ser asesinado en un lugar transitado, abierto e iluminado, y sentirte solo, sin defensa, al albur de tus fuerzas en la huida, tratando de ponerte a salvo de un peligro que hasta hace escasos minutos era la serena certeza de la compañía, el calor de lo humano que nace de quienes te acompañan y a los que acompañas, a los que conoces y a los que desconoces, pero estás abierto a conocer.


Estar en lo humano y entre humanos, y de repente, la bestia, el sinsentido de la imposición, el insulto homófobo, la agresión, sin razón y sin saber porqué ni por quién. Y tras el atisbo de defensa, de socorro, la presencia de la manada, el ser natural de esos que han salir a cazar semejantes, seres venidos del mismísimo infierno de sus podridas cabezas.

La soledad de Samuel