La creación y puesta en marcha de los cementerios municipales de la ciudad

Entrada al cementerio de San Amaro | pedro puig
|

Los camposantos de la ciudad nacen como consecuencia de una Real cédula librada en 3 de abril de 1787, estableciendo el uso de cementerios ventilados para sepultar los cadáveres de los fieles y de los entierros en las iglesias, con las condiciones expresadas.


Con ocasión de la epidemia en la villa de Pasajes (Guipúzcoa) en 1781, causada por el hedor en su iglesia parroquial debido a la multitud de cadáveres enterrados en ella, y de las noticias de epidemias padecidas en otras provincias del reino, se meditó el modo de precaver los tristes resultados de esta naturaleza, oyendo a los arzobispos y obispos y otras personas para tomar una solución y asegurar la salud pública.


El uso y construcción de cementerios se ejecuta en beneficio de la salud, haciéndolos fuera de las poblaciones, en lugares ventilados e inmediatos a las parroquias, distantes de las casas de los vecinos y aprovechando las capillas de los cementerios, las ermitas que existen fuera del pueblo.


Su construcción se realiza con el menor coste posible, procediendo a las obras precisas con los caudales de la fábrica de las iglesias, si los hubiese, y lo que faltaba se prorrateaba entre los partícipes en diezmos, incluso las Reales tercias, ayudando también los caudales públicos con la mitad o la tercera parte del gasto, según su estado, y con terrenos.


Prohibiciones

No se debía enterrar a nadie en las iglesias, salvo reyes y reinas, a sus hijos, obispos, priores, comendadores y a los que hicieren iglesias de nuevo o monasterios. Todos los demás deben ser enterrados en los cementerios.


No se haría nada en este aspecto hasta 1804 y por otra nueva cédula se prioriza la edificación y enterramiento en los cementerios de villas y ciudades, según el reparto de las sepulturas y el pago asignado a cada parroquia. En el cementerio de La Coruña le correspondían a la parroquia de San Nicolás 863 sepulturas y contribuir con 45.739 reales; a la de San Jorge, otras 863 y la misma contribución; a Santa María del Campo se le asignan 167 y un reparto de 8.851 reales; a la de Santiago 123 y a pagar 6.519 reales; al Hospital Real 476 sepulturas y un reparto de 25.228 reales; al Hospital del Buen Suceso 221 y 11.712 reales; y al Hospital de la Caridad 280 y pagar 14.840 reales. Todo sumaba un total de 2.993 sepulturas y un coste de 158.628 reales, de los que 2.524 se dedicaban al plantío y otras necesidades solo del cementerio.


Según el cálculo del arquitecto Fernando Domínguez Romay, del 11 de septiembre de 1805 el coste del cementerio herculino alcanzaba los 156.104 reales. El de la capilla se cifraba en los 293.549 reales.


Este cementerio general quedaba situado en el camino que va a la ermita de San Amaro hasta el que sigue de los Pelamios a orilla de la mar para la propia ermita, tomando a la bajada de una cerca de huerta, de las últimas casas terreras, de espaldas al molino viejo frente al que sirve de cuartel para presidio.


Distancia de la población

Este terreno dista de la población lo menos 300 pasos, cuando la distancia de estos parece estar fijada al número de cien, con bastante pendiente para que su frente y costado más inmediato a la población y camino más frecuentado –el que va a la Torre de Hércules– forme una elevación muy favorable por el mayor ímpetu de los vientos.


Esta situación geográfica comprende los orientes de verano e invierno y disipan las emanaciones, siendo el dominante el viente del nordeste, según se puede leer en escritos de la época.


Al prohibir los enterramientos en las iglesias, como se venía haciendo hasta aquel momento, y ante la saturación de cadáveres en dichos templos, se hace imprescindible, mientras duren las obras, habilitar uno provisional en la ciudad, además de contar con la negativa militar de que se levantase en dicho lugar 

por dejar ciego el tiro de cañón desde el baluarte de Toledo.


Esto demoró la obra hasta 1812 y el 8 de noviembre de 1809 se libra una orden de Miguel de Castro y Figueroa mediante la cual dispone la construcción.


Los cementerios provisionales han de ser ventilados y que se hayan construido ínterin, además de que se edifiquen con sencillez y economía, como está mandado en las Reales órdenes de 1804.


El cementerio provisional hecho en la huerta de San Francisco de esta ciudad es en este momento el único lugar en donde debían enterrarse, sin distinción alguna, todos cuantos falleciesen en esta ciudad.


Condiciones

Por su parte, el arquitecto Fernando Domínguez Romay hace mención el 4 de mayo de 1812 a las condiciones para comenzar a construir el cuadrado del cementerio general de La Coruña.


No será este muy utilizado desde su entrada en servicio hasta que en el año 1821 se abre un expediente que versa sobre una nueva orden de conducir los cadáveres al recién abierto camposanto coruñés, haciendo saber a los curas párrocos de la zona que sus feligreses deberán colocar los cadáveres en cajas cerradas y deberán depositarlos en la capilla más inmediata al cementerio. Ínterin se construye una capilla en el propio cementerio.


Este oficio lleva fecha del 21 de junio de 1821 y está firmado por el Gobernador de la plaza, Manuel Latre. Cabe reseñar que la capilla del cementerio general se acaba de construir en el año 1834 a expensas de Fernando Queipo de Llano.

La creación y puesta en marcha de los cementerios municipales de la ciudad