España, partida en dos

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Ahora son los indultos, que el Gobierno, sin anunciarlos aún formalmente, va presentando como algo inevitable, casi benéfico. La derecha promete combatir en bloque estos planes gubernamentales, y ya se anuncia, para este mes de junio que nos viene, tremendo, una nueva ‘foto de Colón’. No diré yo que las dos Españas hayan dejado de existir alguna vez; pero sí es verdad que, en ciertos momentos, antaño, la fractura del país parecía atenuada, como si los poderes que pesan sobre nuestras cabezas, y nosotros mismos, tratáramos de indultarnos de esa desgracia cainita. Ahora ya no. Acabó cualquier tregua: ahora toca batirse por los indultos, sin que ninguno de los dos bandos parezca tener la intención de llegar a componendas legales. Que son posibles y deseables. Pero a estas alturas qué importa.


La derecha –Pablo Casado está a punto de caer nuevamente en brazos de un Vox crecido en la jarana– dice que Pedro Sánchez, forzado a dar los indultos a Junqueras y compañía, es rehén de su pacto jamás escrito con Esquerra Republicana de Catalunya para mantenerse en La Moncloa. No es del todo cierto, aunque sí lo sea en parte.


A su vez, la izquierda sostiene que lanzarse a indultar a los golpistas presos es un acto de valentía del Gobierno, imprescindible para mantener una cierta ‘pax catalana’ cuando un nuevo Govern amenaza más inestabilidades a corto y medio plazo. Tampoco es esta la exclusiva verdad. Pero ya vemos que no están las cosas para demasiados matices.


El independentismo logra, sin proponérselo, un éxito con esta división irredenta en la sociedad española. España aparece este fin de semana partida en dos. Tengo respeto por figuras como Rosa Díez, Fernando Savater o María San Gil, que promueven la rebelión contra los indultos, pero no entiendo la conveniencia de una nueva movilización callejera. Tampoco comprendo que Sánchez fuerce, por estrategia cortoplacista, otra foto del PP junto a Vox. Buscan nuevos choques de trenes, pensando siempre en las elecciones.


No hay pactos, ni siquiera para paliar la despoblación del interior de la Península –seguimos pensando más en Siria que en Soria, lo que es otra maldición bismarckiana que nos atenaza–, ni para la educación, ni para la política exterior, y no digamos ya del futuro de la economía. Así que de posibles reformas en el Código Penal para, por ejemplo, definir mejor la sedición y posibilitar así una más pronta salida –a mi entender quizá deseable– de los internos en Lledoners, ya ni hablamos.


Lo dicho: ni unos ni otros buscan aproximaciones, encantados con la triste política testicular de hacernos la guerra. Solo los poderes sociales, incluyendo al Ministerio de Trabajo, llegan a veces a acuerdos puntuales, esta semana sobre los ERTE. Pero las fuerzas políticas ni se miran a la cara aunque coincidan en tierras sorianas diciendo procurar soluciones para esa España vaciada, pero en realidad sin procurarlas.

Las voces moderadas, y estoy incluyendo las advertencias de Felipe González y Alfonso Guerra, que me parece que conocen bien la Historia reciente de España, no parecen tener sitio más que en las páginas ‘pares’ de los periódicos. La política cortoplacista domina el panorama. Volveremos a 2019, con la ‘foto de Colón’, o a 2017, con los tristes sucesos del mes de octubre. Saldrán o no de la cárcel los políticos catalanes presos, pero eso no amainará las tormentas: hasta puede que las avivemos entre todos. Con o sin pandemia, con o sin vacunas –¿recuerdan? eso era lo importante–, no han aprendido nada, no hemos aprendido nada. Es la guerra. Otra guerra más. 

España, partida en dos