Unos pocos conocidos

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En esta vida en la que nos empeñamos en ponerle etiquetas a todo, a menudo, no tendemos precisamente a llamar a cada cosa por el nombre que verdaderamente le corresponde. Hablamos de la amistad y se nos llena la boca como si todo aquel que tiene alguien con quien pasar un rato, conociese verdaderamente el profundo significado de engloba esa palabra.


Nos consideramos amigos de alguien simplemente porque lo hemos conocido más a fondo en otro tiempo, nos invita a sus acontecimientos anuales, o nos llama de pascuas en viernes para saber cómo estamos o para pedirnos algún favor de refilón. Por ende, nuestros semejantes nos consideran sus aliados, si cada vez que nos requieren solemos estar a su disposición. No hay más truco ni tampoco más simpleza bajo la que encerrar un sentimiento tan grande como desconocido para la inmensa mayoría de los mortales.


Un amigo es un tesoro, un semejante en el más amplio sentido de la palabra. Alguien que ha demostrado, demuestra y demostrará; y que lo hará sin esperar nada a cambio, sin prebendas ni favores y basándose únicamente en la admiración, el respeto, el agradecimiento y el cariño profundo que siente hacia el otro.


Un amigo es alguien que te acompaña aunque no esté contigo, que piensa en ti y en tus cosas del mismo modo en que tú piensas en él y en las suyas. La amistad no hace diferencias basadas en la consanguinidad y admite que cualquier desconocido puede llegar a ser un amigo, aunque en un primer momento lo sea de forma encubierta.


La amistad es una alarma que salta en el corazón de dos individuos y que se refleja en los ojos de ambos. Es un sentimiento parecido al del amor, por la dificultad de que se geste una lealtad coincidente en el tiempo, pero también es más fácil de hacer perdurar porque no se tiende a tratar de cambiar al amigo, ni tampoco se suele mantener una convivencia tan estrecha como la deseable en una pareja. Sin embargo, la base de una buena unión amorosa suele forjarse en la de una buena amistad.


Si intentamos despojar nuestra vida de etiquetas, deberíamos entender que para poder considerar a alguien amigo con todas sus letras, antes tendríamos que saber qué es lo que anhela el otro, cuáles son sus miedos, dónde residen sus sueños, cuáles son sus preferencias y en qué lugar habitan sus deseos; algo verdaderamente complicado en un mundo en el que cada cual acostumbra a mirar por lo suyo y a desconfiar de su propia sombra.


Considerémonos ampliamente bendecidos si conocemos la verdadera amistad en alguna de sus formas y mantengamos el corazón abierto sin buscar a nadie. La verdadera magia aparece sin ser perseguida y siendo solamente deseada…, porque al final de todo, cada vez que alguien profundiza en el alma de alguien hasta lograr convertirse en una parte de ella misma, se está obrando una especie de milagro.


Tantos universos, tanto espacio, tantos mundos, tantos siglos, tanta gente y coincidir… Seguro que no se trata de una casualidad, así que vayamos en la dirección adecuada para que esto pueda darse, pero sin obsesionarnos ni decepcionarnos. Viviendo todo lo a fondo que cada cual pueda y recordando que toda circunstancia puede cambiar y que la vida es más sencilla con la compañía idónea; que no es otra que aquella que nos complementa como seres humanos, que nos proporciona refugio y que nos recuerda que la verdadera amistad va mucho más allá de un mero acompañamiento. 

Unos pocos conocidos