Fui a los toros

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Este fin de semana fui a los toros. Había corrida de primera en una plaza de tercera: Sanlúcar de Barrameda. Antes de que los inquisidores de turno acudan a avisar a alguaciles y corchetes para denunciar que me he saltado el confinamiento, he de aclarar que no me moví de casa, gracias a que la corrida la retransmitían Canal Sur y Tele Madrid. Ya sé que no es lo mismo, pero en las retransmisiones de televisión, de la misma manera que en el fútbol se repiten las faenas, aquí se suele repetir esa media verónica donde el tiempo se detuvo, ese par de banderillas en el que hay un momento en el que el rehiletero parece suspendido en el aire, o ese instante donde el cuerno de la fiera pasa a tres centímetros del cuerpo del torero.


Pude disfrutar de la seriedad de Ponce, de la elegancia de Emilio de Justo y de la heterodoxia del Cordobés. Y, al día siguiente, pasada la corrida, sentí ese preludio de melancolía que suscita observar como algo tan maravilloso, algo que encandiló a Jean Cocteau y a Goya, a García Lorca y a Picasso, a Valle-Inclán y a Dalí, a Hemingway y a Isacc Albéniz, tiene tantos enemigos.


Me cuesta creer que los dos centones largos de pintores, escultores, escritores y cineastas famosos en todo el mundo, que han mostrado su admiración por la tauromaquia sean todos, no sólo de derechas, sino fachas. Nunca observé en Buñuel que fuera muy de derechas. Ni mi admirado Julio Cortázar. Ni Max Aub, que se tuvo que exiliar. Ni Salvador de Madariaga.


Disfruté mucho de la retransmisión, que dirigía con tanto conocimiento como amor, mi compañero Sixto Naranjo, y no tengo remordimientos de conciencia. Es más, hay días en que desayuno un huevo, y no se me ocurre pensar que la gallina que lo ha puesto ha sido violada por el gallo. Me debo estar volviendo un insensible, porque en cuanto pueda iré a los toros. A ver si me desprendo de la melancolía. 

Fui a los toros