Domingo de Ramos

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a gran semana. Así son llamados en el Oriente cristiano los siete días en que la Iglesia conmemora las últimas jornadas de la vida terrena de Jesús. Es nuestra Semana Santa: desde el gran pórtico que constituye el llamado Domingo de Ramos que hoy se conmemora hasta el gran día de la Pascua de Resurrección, la “fiesta de las fiestas y solemnidad de solemnidades” de que habla el Catecismo. O “el gran domingo”, al decir de algún padre y doctor de la Iglesia.


Con la entrada en Jerusalén, Jesús se manifiesta como el Mesías prometido. Hacerlo montado en un asno tenía ese significado preciso: Él era rey de paz anunciado por los profetas. “Regocíjate, hija de Sión; grita de júbilo, hija de Jerusalén; mira, tu rey viene hacia ti, es justo y victorioso, montado sobre un asno, sobre un borrico, cría de asna”.


Entusiasmado y esperanzado, el profeta Zacarías lo había expresado así. Hablaba directamente a Jerusalén (Hija de Sión) y a sus habitantes (hija de Jerusalén) como representantes de todo el pueblo elegido; el pueblo de la alianza. La invitación a regocijarse y cantar de júbilo es, por otra parte, frecuente en el Antiguo Testamento para celebrar la llegada de los tiempos mesiánicos.


Por los evangelios sabemos que Jesús se había encaminado hacia Jerusalén con los doce discípulos y que poco a poco se había sumado a ellos una creciente “gran muchedumbre” de peregrinos. Resonaban todavía los ecos por la reciente e impactante resurrección de Lázaro. Pero, a mayores, en la última parte del trayecto se produce un acontecimiento peculiar que aumenta la expectativa de lo que está por suceder y hace que la atención se centre más en él.


Fue la curación de un mendigo ciego llamado Bertimeo, que lo invoca como “hijo de David”. Y hé aquí –ha comentado el papa emérito Benedicto XVI en alguno de sus textos- que tras este signo prodigioso, acompañado por tal invocación, un estremecimiento de esperanza atraviesa la multitud y suscita en muchos una pregunta: ¿Este Jesús que marchaba delante de ellos hacia Jerusalén no sería quizás el Mesías, el nuevo y esperado David?


A este punto, el ánimo de los discípulos y peregrinos se deja ganar por el entusiasmo: cogen sus mantos y los echan sobre el pollino en que Jesús avanza. Otros alfombran con ellos el camino. Después cortan ramas de los árboles y comienzan a recitar el salmo 118 (canto de acción de gracias colectiva), que en este contexto se convierten en proclamación mesiánica: “!Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David”.


Esta alegría festiva, transmitida por los cuatro evangelistas, es un himno de júbilo: expresa la convicción unánime de que, en Jesús, Dios ha visitado a su pueblo y ha llegado por fin el Mesías deseado. De ahí, el gozo desbordado. 

Domingo de Ramos