Viaje memorable

|

Podrá parecer un recurso fácil; casi tópico. Pero la visita apostólica del papa Francisco a Ia atormentada tierra de Irak, cuna de las religiones monoteístas bien puede calificarse de histórica. Así, en efecto, ha sido considerada tanto por la inmensa mayoría de los informadores enviados especiales que la han cubierto como por los observadores que la han seguido.


Ha sido un viaje de alto riesgo; un gesto de extraordinaria valentía; probablemente, el desplazamiento de mayor peligro que ha realizado nunca un Pontífice. Era la primera vez que un Papa visitaba la tierra de Abrahán. Fue el sueño de Juan Pablo II a finales de 1999, que no pudo llevarse a cabo por el rechazo del entonces presidente y con el tiempo derrocado y ahorcado Sadam Hussein.


En esta ocasión, el coronavirus, que allí sigue haciendo estragos, y los problemas de seguridad comprometían muy seriamente la visita. Amén de las molestias en la movilidad que a sus 84 años el propio Francisco padece. Pero como él mismo dijo, no se podía desilusionar dos veces al pueblo iraquí; un país necesitado de soluciones y esperanzas.


Según confesión propia, las ruinas de Mosul le dejaron sin palabras. Ante ésta y otras devastaciones contempladas, el Santo Padre ha reiterado una serie de mensajes que, formulados de una u otra manera, desde el comienzo de su Pontificado no pierde ocasión de recordar. Y ésta se ofrecía como pocas: “Hostilidad, extremismo y violencia son traiciones a la Religión… El nombre de Dios no puede ser usado para justificar actos de homicidio, exilio, terrorismo y opresión… Reafirmamos nuestra convicción de que la paz es más fuerte que la guerra... Si Dios es el Dios de la paz -y lo es- a nosotros no nos es lícito hacer la guerra en su nombre”.


En la misa multitudinaria de Erbil, hogar de los kurdos iraquíes, el Papa se despidió con una sentida petición al país en pro de la reconciliación nacional: “No caigan en la tentación de la venganza. Trabajen juntos en unidad por un futuro de paz y prosperidad que no discrimine ni deje atrás a nadie”.


Concluido el viaje apostólico, bien puede también decirse que ha significado un punto de inflexión en no pocos escenarios: ante todo, en la comunidad cristiana a la que como “peregrino de paz” Francisco ha ido a visitar y reconfortar, castigada y diezmada hasta lo indecible como ha sido por la barbarie yihadista; en el diálogo interconfesional y en la voluntad de tender nuevos puentes con el islam; en el propio país de acogida, cuyo Gobierno ha establecido que desde ahora y cada seis de febrero se conmemorará el día nacional de la tolerancia y la coexistencia, y quizás hasta en todo el mundo árabe y, más en concreto, en el inestable Oriente Medio, escenario todavía de un conflicto latente entre potencias regionales y suprarregionales.

Viaje memorable