FRÍVOLA PRIMAVERA

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La primavera, dentro del invierno ciclogénico que sufrimos, se nos ha colado de rondón. Sin llamar, sin pedir permiso. En otro tiempo las estaciones eran más formales. Cumplían a rajatabla lo ordenado. Así las oscuras golondrinas colgaban sus nidos de nuestros balcones, mientras que hoy no vemos el raudo vuelo suyo aunque utilicemos prismáticos. Debe ser la alteración de ese medio ambiente que nos trae a todos por la calle de la amargura. Igual sucede, verbigracia, con La Coruña. Crece, ensancha y multiplica sus atractivos turísticos y empresariales, pero dudo si disponemos de líderes honestos y eficaces para seguirlos incondicionalmente. O bien, al contrario, tal ciudadanía masificada corre tras ídolos con pies de barro –deportistas, tertulianos y gentes que aprovechan situaciones escandalosas jaleadas por determinados mass media.
Por ello establecemos un paralelismo entre el actual trimestre del calendario y la poca edad. Juventud primavera de la vida. Divino tesoro escapado por un sumidero temporal. Que se va para no volver, según postulaba el escritor local Bermúdez de Castro al abrazar su premio Planeta. Tras la que corría Fausto a cambio de vender su alma a Satanás. Sin embargo, nuestras circunstancias actuales difieren un montón de aquellas. Droga, alcohol, erotismo. El botellón como jardín de delicias para jóvenes que buscan sueños alucinantes, embotamiento cerebral o placer biológico sin dar nada a cambio.
Luis Alberto de Cuenca –últimos poemas publicados– glosa nuestro tiempo oxidado de desesperanza. “El amor es un barco a la deriva/ que prescinde del cómo, el cuándo, el dónde…”. Yo he sido afortunado –viviendo épocas de penuria– de contar con arquetipos que modelaron mi carácter: padres con familia numerosa a cuestas; profesores didácticos y humanistas; y la alegría conmovedora de un tal Jesús de Nazaret…

FRÍVOLA PRIMAVERA