Hay que ver las morgues

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Durante los meses de pandemia que llevamos, la desolación ha galopado a sus anchas por todos los rincones del país. En los telediarios nos hablan de cifras, mientras mencionan el posible colapso de los centros hospitalarios y muestran alguna imagen de ambulancias en la lejanía o, incluso, de algún individuo obsequiándonos con su opinión sobre las medidas que va dictando el gobierno a trompicones.
Estamos ante una de las tragedias más grandes que han sacudido a la humanidad. Todos somos parte de un entramado contaminado, enfermo y letal. Vivimos en la cuerda floja de una incertidumbre que a veces se tensa y, a veces, se afloja. Necesitamos pensar que todo se está arreglando, sin darnos cuenta de que nada se solucionará realmente mientras- en lugar de hacer el egoísta por todas las esquinas del mapa-, no nos pongamos en serio las pilas y aportemos nuestro granito de arena para que el mundo no se vaya por el corbatín.

Los medios de comunicación son poseedores del poder de mostrarnos su propia realidad que, en ocasiones, es más próxima a la verdad que otras. Y los individuos de a pie nos dejamos querer en base a aquello que más nos agrada de lo que nos cuentan, o aprovechamos las noticias para reenfocarlas políticamente y así tratar de fastidiar al bando que sentimos como contrario, no siendo capaces de caer en la cuenta de que aquí los enemigos no son los demás, sino un bicho que va, viene y deja secuelas en muchos casos mortíferas. La información a medias, unida al deseo de minimizar un problema que- de seguir progresando-, puede acabar con el mundo conocido hasta ahora; hace que algunos estúpidos busquen en la calle la juerga que sienten que se perdieron durante los meses de confinamiento, rechacen el uso de mascarillas y actúen como si el problema no fuese con ellos… Y en esas reuniones descontroladas, se acercan, se tocan, se besan y hasta comparten bebida; sin ser conscientes de que obrar así no te convierte en “valiente” de cara al grupo por atreverte a desafiar al virus, sino en un gilipollas de marca mayor cuyas entendederas no alcanzan a comprender que cada uno de nosotros puede ser el que está enfermo sin saberlo y, por tanto, el propagador de una enfermedad que desconocemos qué consecuencias puede acarrear o acarrearnos.

En esta guerra que libramos, en todas partes hay enemigos. Viajan dentro de los seres humanos y pegan tiros invisibles. O te hieren a ti o hieres, y te lo hacen o lo haces de forma sibilina. Sin que se note. Sin que lo parezca. Por ello, se trata del peor de los contrincantes que podríamos tener. Posiblemente, si pudiésemos visualizar a un enemigo con metralletas por todas las esquinas, nos andaríamos con mucho más cuidado y no protestaríamos si nos obligasen a vivir escondidos en refugios…, pero como no podemos verlo y el ser humano tiene tendencia a olvidar, algunos insensatos-en cuanto se abre un poco la mano-, se toman completamente a la ligera las medidas que pueden salvarnos de este horror. A lo mejor, para conseguir una mayor concienciación, sería preciso meter las cámaras en las morgues, en las habitaciones de hospitales o en las casas en las que lloran la muerte sin despedida de alguno de sus seres queridos. Quizás necesitaríamos ver a menudo imágenes de muertos para que los más jóvenes se diesen cuenta de que la próxima fiesta puede ser la última en el que su garganta reciba un trago de alcohol y la primera en que la atraviese un respirador.

Hay que ver las morgues