Nuevas relaciones

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a luz del mundo que conocíamos hasta ahora, se ha apagado. Hemos padecido en nuestras propias carnes una enorme fragilidad y hemos sido pasto de la vulnerabilidad. La misma enfermedad o el simple riesgo a padecerla, nos ha igualado a todos sin distinción de raza, sexo ni religión.
Pero la vida sigue y, a pesar de haberse parado por un tiempo para todos, está comenzado a despertar. Lentamente se despereza una actividad febril por sectores, a la espera de la responsabilidad de los ciudadanos y de la necesidad de que estos mismos cooperen con aquellos que han salido más trasquilados.
Como individuos, se nos exige la necesidad de colaborar en la reconstrucción física de nuestra economía, pero también en la moral. Decenas de familias acunan en sus brazos invisibles a muertos a los que no han podido velar, mientras el miedo se ha instalado en el raciocinio de muchos de nosotros dejando secuelas que son primas de la oscuridad.
La sociedad tenía que aprender algo y, estoy segura, de que para casi todos nosotros, esta pandemia ha significado una lección de magnitudes indescriptibles. De ahora en adelante, veremos las cosas desde otro prisma y pondremos en el asador lo mejor de nuestras propias esencias, porque solamente así, por medio del trabajo individual, llegaremos al éxito en el colectivo.
Necesitamos entender las relaciones humanas de nuevo. Tenemos que plantearnos muchas cosas. Estábamos equivocados en casi todo. El indestructible era igual que el frágil y el rico que el pobre. Un bicho nos abrió los ojos. Las diferencias que en otro tiempo alguien nos hizo creer, realmente no existían.
El genial Saramago, solía repetir la necesidad de una nueva forma de entender las relaciones humanas, para lograr avanzar. En su opinión, la idea del respeto al otro como parte de la propia conciencia, podría cambiar algo en el mundo. 
 En mi humilde pensamiento, si algo he aprendido de esta desgracia sin precedentes, es que todos somos exactamente iguales ante los peligros y que estos nos acechan a todos por igual. Me siento más hermana que nunca de aquellos que me rodean y, eso me lleva, a empatizar con los demás de una forma muy especial.
Para reconstruir el mundo, es necesaria primero nuestra propia reconstrucción. Replantearnos lo que somos y lo que nos gustaría ser. Ayudar para ser ayudados y crear un frente común contra el enemigo.
A ninguna parte nos llevará el individualismo, el clasismo ni el separatismo. Nadie es nadie frente a algo o a alguien que lo puede todo. Solamente nos queda desarrollar nuestra propia calidad como seres humanos, para colaborar desde la ayuda y el respeto a componer un nuevo mundo más feliz. Un nuevo mundo que nos necesita para arrancar y, sobre todo, para no dejar a nadie atrás.

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