El realismo emocionado de Jano Muñoz

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más de diez años de la pintura de Jano Muñoz (A Coruña,1971), de 2003 a 2017, se muestran en el Kiosko Alfonso, dando testimonio, de nuevo, de sus excepcionales aptitudes para reflejar la realidad con sus más nimios detalles, pero, a la vez, testimoniando de la emoción con que se aproxima a los seres que retrata, ya sean personas, animales o cosas; pues, más allá de reproducir fielmente el modelo, consigue captar ese algo misterioso, inasible, que no puede ser dicho y que palpita en la delicada, exquisita entonación de la luz y en el uso del claroscuro que recuerda a maestros del Barroco, como Ribera o Zurbarán.
Sabemos que no hay arte sin un temblor, sin un hálito que emerja de las honduras y sobrenade la supuesta realidad que el ojo ve y ese temblor, ese algo impalpable, inmaterial, está en las atmósferas envolventes de J. Muñoz. Evidencia, así, que el pintor realista debe hacer lo que no puede hacer la fotografía: destacar la corporeidad de la materia, la fisicidad de los pigmentos, el tacto y el trazo de la mano que maneja el pincel; además, está la cuidada selección, el orden espacial y especial impuesto al cuadro y la matizada entonación que, en su caso, se mueve en temperaturas de baja saturación de siena y gris.
Esta elección no es gratuita, pues es justo, la que le sirve para mostrar con amor, con compasión, la realidad que le interesa; y que no es precisamente la de lo heroico o de la épica de la grandilocuencia ; sino la heroicidad de tonalidades grisáceas, silenciosa y diaria, ese pathos que está en cada ser que lucha con sus limitaciones, y que él encuentra en el mendigo, en el emigrante, en el anciano o en el niño que descubre el mundo. Esa tensión está ahí, próxima: en la ciudad, en la casa, en los paisajes urbanos, en los seres amados, en las cosas que nos conciernen; está ahí, con su enorme carga, su peso humano, su enigma, tal vez incluso con su oculta sacralidad.
Y Jano lo ve, lo contempla simpáticamente y nos lo devuelve palpitante, vivo, a veces como un daguerrotipo marcado por la huella del tiempo, como en “Doblando páginas”, donde, con planteamiento de naturaleza muerta, hace un relato de la memoria, de los recuerdos del pasado que han impregnado los objetos, como viejas fotos o una botella de Osborne.
En su obra están todas las inflexiones del humanismo: la ternura cuando pinta niños o animales, la admiración cuando hace el retrato de su padre, el asombro cuando descubre un ángulo extraño de lo real o, simplemente, la belleza efímera de lo pequeño, lo humilde, como una cabeza de ajo o una planta moribunda. Y es que lo que busca no es narrar, sino expresar que es extraer hacia afuera lo que está preso. Por ello, se interna por los entresijos de la soledad y del desamparo; y, aún más, ahonda en la ruptura generacional y en la crisis de la aldea, en “ La era de la incomunicación”, un cuadro que puede calificarse de obra maestra y que resume el drama de Galicia y la implacable tiranía del dios Cronos.

El realismo emocionado de Jano Muñoz