EL OLEODUCTO

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Repsol traslada su actividad al Puerto Exterior y los coruñeses descubren que un oleoducto atraviesa parte de la ciudad.
Ironías. La operación más importante de los últimos tiempos –125 millones de euros y kilómetros de instalaciones en la joya de las infraestructuras herculinas– y lo único de lo que se habla en las tertulias, en las de bar y en las de radio, es de la serpiente de metal enterrada bajo Los Castros. Como si hubiese aparecido de la nada en el momento en el que se firmó el traslado de la petrolera.
Y así, de pronto, se desata la histeria. Se recuerda aquello de la “bomba controlada” y se habla de un peligro inminente. Se abre una grieta por la que se pueden colar los discursos políticos que buscan votos a mitad de legislatura. De todos los colores. Unos exigen la eliminación del mal hecho tubería. Escucharlos e imaginarse en la boca de un volcán entrando en erupción es todo uno. Otros se erigen en salvadores de los miles de amenazados por el ducto infernal.
Las vecinas manifiestan sus miedos mientras esperan el turno en la pescadería. Compungidas con las alertas que se lanzan desde los púlpitos interesados. Poco falta para que se organicen y salgan a las calles a gritar su desesperación. Lo que no han hecho en cuarenta y tres años de convivencia con una estructura de la que hace mucho que se olvidaron. Tanto que cuando se topan con un poste naranja –esos que marcan el recorrido de los tubos– se preguntan qué será.
Hay generaciones de coruñeses que ni saben qué tienen bajo sus pies. El oleoducto no se ve, no molesta. No preocupa. Hasta que otros se empeñan en convertirlo en arma arrojadiza. Ya no interesa que el control de seguridad sea el más riguroso que cualquiera pueda suponer. Que los responsables de la estructura sean expertos que no dejan las cosas al azar. Porque no es el gas que queda abierto en la cocina por un olvido. Los cables que sueltan chispas junto a las cortinas del salón.
Repsol se traslada a Punta Langosteira e impulsa la mayor apuesta industrial de la ciudad. Nosotros nos quedamos con la (remota) posibilidad de catástrofe. Nos gusta más protestar que aplaudir.

EL OLEODUCTO