Capilla incendiada

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La Universidad es y debe ser síntoma y sinónimo de libertad, de pluralidad, de tolerancia, de búsqueda de la verdad. Por mucha mediocridad que pueda existir a diferentes niveles o en algunos. Por mucho que nos empeñemos en escalar atalayas o en apoltronarnos en puestos docentes, administrativos, de gestión, sean donde fueren. La Universidad no es privilegio, es acción, es pensamiento, es pluralidad activa, a veces reactiva. Es no mirarse a un ombligo de autocomplacencia y un nicho académico y laboral del que nada escapa y donde le inmovilismo, la pasividad, el silencio, la queja constante atrapan la atmósfera. Demasiada endogamia, algún sectarismo y unos errores de concepción por algunos equipos y algunos políticos han llevado a la universidad española, o mejor dicho, la han arrastrado por unos derroteros de servilismo, de silencio cómplice en unos casos, de vocerío áulico ensordecedor en otros, absurdo, inane, raquítico. Idéntico al raquitismo intelectual que quiere, desea, anhela la sociedad.
Y en ese espacio de tolerancia y atmósfera de libertad son dables y caben manifestaciones de todo tipo, salvo que invadan, aplasten, mancillen otras libertades. Mi libertad termina donde empieza la tuya. Pero para algunos energúmenos de las periferias o los arrabales de lo que ha de ser académico, la Universidad no es eso. De nuevo se producen ataques. Esta vez no es a una persona en concreto, o a un colectivo, o a un político, es, como sucedió en 2015 a la capilla de la Universidad. Allí fue en la Complutense, ahora es en la Autónoma. Ambas en Madrid. Esta última a través de cócteles incendiarios. Molestan las capillas. Seguimos instalados en lo reaccionario, en lo radical. No basta con pintadas, con profanaciones lúdicas y sexistas como se hizo en 2015, ahora hay que quemarlas. Destrozarlas. Cuestionar la libertad de uno con el aborto, con lo religioso, con lo ateo, con todo lo que sea asociar estereotipos.
Todo lo que rezume o represente valores estorba. Molesta. Agrede. El agresor tiene carta blanca para todos. Luego empieza la falacia público y privado, religioso y no religioso. En vez de pensar en planos transversales y horizontales, no, aquí, no, en este yermo ibérico ayuno de reflexión y tolerancia, todo se asocia a lo violento, al pasado, a la confusión religiosa política de antaño. Pero, ¿acaso hacen daño unos capillas? Y si lo hacen, ¿qué daño es ese para quemar, vejar, humillar, ridiculizar? Esta es la sociedad que algunos quieren, plana, radical, uniforme, irrespetuosa. Donde el que agrede es vitoreado, donde la víctima sale escarnecida. Enhorabuena porque cada vez estamos empodreciéndolo todo un poco más. Y esto parece irreversible. No contentos con ello, escribieron “La iglesia que ilumina es la que arde”. Este es le futuro de una sociedad vacía, intolerante, laminada intelectualmente por la estulticia, la visceralidad. La libertad es tolerancia, es respeto, no es quemar una capilla, ni no permitirla.

Capilla incendiada