Asunta y el dolor

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Se interrogan personas de buen corazón por el infinito desamparo de la memoria de Asunta, la niña asesinada en Santiago. ¿Quién la va a llorar?, se duelen porque intuyen que a nadie le va a doler como es debido. Pero, ¿cuál es el deber de dolor ante la muerte? Esa es la clave.  En la calle hay: indignación, escándalo, insulto e ira, ruido en definitiva hasta en las más ocultas intenciones. Y eso se nos antoja impropio. Pero ¿quién o con qué se mide el dolor?
Ante la pérdida de un ser querido me he sentido incapaz de expresarlo, es más, horrorizado por no sentirlo, por ser presa de una sensación que se va del vacío al abatimiento. Es absurdo, lo sé, reprocharse no saber lidiar con el daño que nace de la muerte: mano desconocida, colofón de nuestro destino, radical negación de nuestra existencia. Es por ello que intuyo que toda expresión de sufrimiento es válida, porque cualquiera ha de valer ante aquello que desborda nuestra capacidad de expresión y comprensión.
Asunta va a ser llorada y recordada como sabemos, también con esa alfarería sentimental, visceral y comercial que ahora nos horroriza.
Escoja pues de todos nuestros gestos aquellos que de verdad alivien el astro de su singularidad, esa alta vibración existencial que aún recorre, lo hará siempre, el universo que discurre entre Santiago y su alma, única certeza que poseemos de la realidad de este mundo del que fue arrebatada sin otra culpa que la de su inocencia.

Asunta y el dolor