MONTERO Y SEKONE

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Quizá los extremos se tocan, pero no puede haber dos propuestas más dispares que las de Carlos Montero, que expone en Pau de Toxo y Sekone que lo hace en Monty4. Aunque sí tienen algo en común: el gusto por el dibujo. Sin embargo, Sekone (Vilagarcía, 1983), a veces, se libera de él, para irse por las nubes del gesto o seguir algunas geometrías, ya muy tratadas por el constructivismo; da la impresión de que, aunque viene del mundo del graffiti, investiga lenguajes o buscando sincretismos de tendencias dispares que lo mismo remiten al pop y al comic que al tenebrismo barroco. Trabaja, parece, al albur de la impronta, del instante, con un desinhibido sentido del humor, sin poner barreras entre arte “serio” y expresión popular. Como uno de aquellos viajeros de la comedia del arte va cogiendo lo que encuentra: escenografías de dudoso mal gusto, disfraces de carnaval y diversiones infantiles de las fiestas del patrón, donde lo kitsch prolifera y momentos antiheroicos de la propia vida o directamente, se disfraza de Blancanieves para que caiga también la barrera del género. ¿O acaso los chicos no temen también a las madrastras brujeriles y envidiosas? Su muestra se titula “¿Qué está pasando?” y la pregunta es ya significativa. Estamos ante un espectador perplejo, asombrado ante la complicada y variopinta marea de la vida.
Carlos Montero (Lugo 1946) padece otro modo de perplejidad, que lo lleva a una temática, entre filosófica y onírica, con un planteamiento simbólico no exento de ironía y de humor amable, por medio del cual revela múltiples aspectos de la condición humana y del mundo que nos rodea. Con excelente dibujo y minuciosidad detallista va diseñando los “Recuerdos e ilusiones” de un anciano, la vanidad inflada de “La coqueta”, los entrecruzamientos de “Lo que vemos, lo que hablamos” o las tragicómicas escenas del “¡País!”, donde hace convivir en una estancia a los más variopintos personajes: una volatinera, un albañil faenando, un lector, una pareja de ancianos, un buzo, etc. Son historias que suceden y seres reconocibles, cuya presencia simultánea sirve para destacar la extrañeza de sus vidas. A veces apela al inconsciente y hace uso de la alegoría, como en “El laberinto de pensamientos”, donde una mano va goteando ideas sobre un embudo que se canaliza hacia un artilugio escalonado, con eslabones de libros; parecido es “La tinta azul”, otro artefacto laberíntico, donde plumas y lápices escriben solos sobre papeles, al dictado de la tinta que les viene de un pulpo. “Montando la primavera” y “Tiempo de cerezas” son guiños poéticos al surrealismo; en el primero, una tijera recorta hojas de papel que van siendo lanzadas al aire por unas ruedas; en el segundo, una gran dama de ropaje de hojas, rodeada de naturaleza y de seres híbridos, va coronada de cerezas; abre así las vías del ensueño y las compuertas de la imaginación.

MONTERO Y SEKONE