UN DOLOR DE CABEZA PERMANENTE

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En alguno de los varios libros que han florecido o reverdecido con ocasión de la muerte de Adolfo Suárez se cuenta cómo el que fue gran artífice de la Transición no estaba nada contento con la forma y manera en que había quedado el Título VIII de la Constitución sobre la organización territorial del Estado.
No le gustaba. Pero aquello fue fruto de un amplio consenso, insatisfactorio para todos, que se dio por bueno entonces para que no se paralizara la construcción  del edificio democrático y -tengo para mí-  que muy especialmente para encajar a País Vasco y Cataluña en la nueva arquitectura constitucional.
Al cumplimiento de este segundo gran objetivo  vinieron, por ejemplo, la distinción entre nacionalidades y regiones (artículo 2)  y, sobre todo, las dos previstas vías de acceso a la autonomía. Una: la establecida en la disposición transitoria segunda con remisión al artículo 151, procedimentalmente más rápida, que garantizaba un poder político propio y un horizonte competencial mayor. Y otra: la del artículo 143, más lenta en su tramitación, que limitaba las competencias a asumir y que, como  viene defendiendo el profesor Meilán Gil, no preconfiguraba las instituciones autonómicas.
Pero aquel diseño inicial se desbarató cuando el PSOE de Felipe González logró meter excepcional e irregularmente a Andalucía (febrero de 1980) por la vía del  artículo 151, en teoría reservada para las llamadas comunidades históricas o aquellas que hubiesen en su momento aprobado estatutos de autonomía; es decir, País Vasco, Cataluña y Galicia.
Así las cosas,  de aquel episodio a la generalización del proceso autonómico –al llamado “café para todos”- no mediaron más que un inevitable  paso y quince meses: lo que UCD y PSOE tardaron en concluir los acuerdos de julio de 1981. Las comunidades históricas se quedaban así sin ese encaje especial y preferente que reclamaban. Y en eso está Cataluña en estos momentos: en buscar de nuevo un tratamiento singular. No hay razones históricas que lo puedan justificar. Dicen que se trata de un sentimiento. A estas alturas de la película ya nada les vale  en ese “camino sin retorno”  que llevaría a la independencia. Hablan de diálogo, pero ya tienen decididas fecha y preguntas para el proyectado referéndum. De vez en cuando hablan de reforma de la Constitución, pero ellos no avanzan ni una sola palabra,  ni una sola propuesta concreta de por dónde podría ir la misma. La pobre y mareada perdiz ya no sabe dónde meterse.
Lo que sucede es también que se ha llegado a un punto de máxima dificultad; que lo que pudo ser en la Transición ahora no sería aceptado por el resto del país. Y así seguiremos: con ese dolor de cabeza que Cataluña ha significado siempre para el sistema constitucional español.

UN DOLOR DE CABEZA PERMANENTE