Los Frozen del horror

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Palacios de hielo convertidos en fantasmales morgues por mor de la desnuda frialdad que guarda su naturaleza; auténticos Frozen del horror donde se diluye toda esperanza de esa ternura a que nos mueve el juego, el jugar. Mágicos espacios que en otra hora nos conectaban con ese feliz acontecimiento se han convertido hoy en espectrales cámaras mortuorias donde se hacinan ataúdes y soledades. 

Bajo sus altas bóvedas: ecos, risas, besos…, al caer, el vuelo y al levantarse, el volar, alegría capaz de auspiciar ese mágico espacio en el que a los hombres aún les resulta posible volar. Sobre sus pulidas superficies heladas son todavía memoria las marcas de los raudos patines, trazando, como en un sueño de prodigiosa urdimbre, indescifrables signos que solo alcanzan a interpretar los místicos de la alegría a quienes le recuerdan el bello lenguaje en que se expresa enardecida la tristeza. Sobre ese leve ir y venir, circulan ahora, chatas cajas de pino, barnizadas y bruñidas para el ahogo de la muerte. No son ataúdes, son bocas de madera en las que caben hombres sin masticar, enteros, a los que solo merma el aliento, a los que solo falta la vida. Qué poco ocupa la vida; un golpe de aliento. Qué poco aliento exige el bravo golpe de la vida y cuanto desaliento el terrible zarpazo de la muerte. 

Reinos de hielo son hoy esos palacios en lo que miles de cadáveres velan un funeral presidido por el miedo, oficiado por la soledad.

Los Frozen del horror