Otoño en María Pita

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Mañana se acaba el verano. Llega el otoño. Se cumple, también mañana, ese periodo de cortesía democrática —no escrito, pero de saludable cumplimiento— de concederle a cualquier gobierno que inicia mandato, sus cien días de armisticio. Es, en consecuencia, tiempo de hacer un primer balance; de asomarse a la ventana, tomar una fotografía y compararla con la de hace cien días, cuando Inés Rey mostraba al salón noble de María Pita su bastón. 

Han sido cien días de buenas intenciones y buenas palabras, pero absolutamente vacío de acciones. Esa foto nos devuelve al punto de partida. Nada importante ha cambiado. En el momento de repasar los deberes del nuevo Gobierno local establecíamos dos categorías de prioridad máxima: lo importante y lo urgente. Ni una cosa ni la otra. Nos introducimos de lleno en el ocre del otoño con la sensación de tener un gobierno al ralentí.

Sería poco leal no reconocer algunos destellos para la esperanza. La recuperación de un espacio de entendimiento que propicia acuerdos, como el alcanzado en el último pleno a propuesta del Partido Popular en relación al futuro del borde litoral, habla a favor de la buena voluntad de la corporación local. 

El fracaso de Pedro Sánchez que nos aboca de nuevo a las urnas me hace más firme en mi convicción de que la oferta que el Partido Popular de A Coruña le hizo a los socialistas, un día después de las municipales, de una gran coalición “a la coruñesa” era una propuesta valiente, pionera y necesaria para esta ciudad. Por ahora se han conformado con replicar algunas de nuestras propuestas, pero Inés Rey eligió otros compañeros de viaje. 

Predijimos entonces que el pequeño Gobierno municipal pagaría su bisoñez por hacer seguidismo de Sánchez y aplicar el “no es no” a la oferta que le hicimos. Y ahora la estamos pagando entre todos, con un arranque propio de aquellos viejos motores diésel de mucho humo, mucho ruido, pero poca potencia real. A cada pregunta, a cada reto que los coruñeses le han ido planteando a la alcaldesa, se ha repetido la misma respuesta: “el Ayuntamiento está estudiando, el Concello va a…” María Pita está estancada en el dicho y no es capaz de llegar a los hechos.

Por ahora de nada han servido los pactos de investidura con los nacionalistas y la Marea de Podemos. De nada sirvió tampoco aquel compromiso de Pedro Sánchez con A Coruña, nunca plasmado en nada. Nada de condonación de la deuda del Puerto, nada del tren a Langosteira, nada de Alfonso Molina, nada acerca del dragado de la ría, nada del Estatuto para los trabajadores de Alcoa… Pero si nada hemos tenido del Gobierno central, poco o nada hemos visto del Gobierno local.

A Coruña sigue sucia y sin mantenimiento, no ha resuelto la gestión de sus residuos urbanos, con unos índices delictivos que amenazan nuestra sensación de vivir en un lugar seguro, no atiende las emergencias sociales, no paga a tiempo… Y no ha sido capaz de sacudirse el impertinente legado de cuatro años de Marea, a quien tiene como socio preferente. 

El PSOE se ha vendido a la Marea, no solo para alcanzar el sillón de la Alcaldía si no en su obsesión por blanquear a la Marea Atlántica. Que la comisión municipal de Transparencia, la comisión que sirve para controlar al Gobierno y dar luz a gestiones opacas como fueron la cárcel o los pisitos, haya caído en manos de la Marea es la prueba más fehaciente del más de lo mismo que vaticinábamos desde mucho antes del nacimiento político de Inés Rey.

El PSOE es rehén de la Marea. Estrenamos un otoño gris y marrón tras el que vendrá un invierno frío y abrupto. Los pactos de despachos –que no las urnas— nos han reservado un papel: la oposición férrea, constructiva y propositiva; siempre cortés pero valiente, que con ilusión desempeñaremos desde cada esquina de la ciudad y dando voz a todos los coruñeses y coruñesas.

Otoño en María Pita