Juan Carlos I, en el centro (sin quererlo) de la gran tormenta

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Los periódicos amanecieron este jueves con una noticia que casi no lo era: que Juan Carlos I no regresará a casa por Navidad debido a la pandemia. Un digital catalán cercano a las tesis independentistas informaba, a su vez, de que el llamado rey emérito había enfermado de Covid, lo que fue prestamente desmentido por La Zarzuela. Pero no cabe desconocer que Don juan Carlos, que está a punto de cumplir 83 años, tiene un delicado estado de salud, que ha obligado a que alguno de sus médicos viajase a Abu Dabi, donde el ex jefe del Estado se refugia, para atenderle. Pero el tema del regreso o no a España del hombre que presidió casi cuarenta años de ‘juancarlismo’ se ha convertido en uno de los varios epicentros de la tormenta perfecta en al que todos estamos inmersos, con el agua al cuello.

El caos que rodea tanto a la marcha de Juan Carlos I el pasado mes de agosto como a su estancia en un país obviamente tan ‘inconveniente’ como el emirato y, ahora, la posibilidad de un retorno que él al parecer anhela y La Zarzuela y el gobierno no desean tanto, se une, pues, a otros varios puntos del caos de la política nacional: ahí está, como el más reciente de esos focos de la tempestad, el enfrentamiento del gobierno de los jueces, que hace más de dos años que concluyó su mandato, con el Ejecutivo. O las crecientes fricciones dentro del propio seno de este Ejecutivo, que son ya un clamor de titulares periodísticos. O el desbarajuste autonómico acerca de si podríamos, o no, hacer tal o cual cosa durante estas fiestas navideñas que para todos van a ser algo más tristes, y mucho más desconcertantes, que el año pasado.

Y sí, claro, también para el emérito van a ser unas Navidades especialmente tristes. Pero si las autoridades sanitarias nos aconsejan no movernos en estas fiestas, si en una mayoría de naciones europeas están tratando de convencer a sus nacionales para que desistan de regresar a su país estos días, ¿cómo se juzgaría un retorno de Juan Carlos I? Sería, supongo, un quebradero de cabeza añadido para su hijo, que bastante tiene ya con decidir qué ha de decir en sus mensajes de Nochebuena y de la Pascua Militar y cómo aludir --¿o no?-- a su padre en ellos.

Sí; el rey Felipe VI, que este lunes debería haber coincidido con Pedro Sánchez en Barcelona, sabe que su padre es un problema. Regrese o no de Abu Dabi, tenga o no buena salud, Juan Carlos de Borbón se ha convertido, gracias a sus propios errores y a los de los demás empujándole fuera, en un barril de dinamita para la institución y para la política de la nación.

Porque no deja de ser cuando menos peculiar el caso de un país, España, incapaz hasta de resolver qué hacer con un hombre que, durante 38 años, ejerció la Jefatura del Estado, fue el emblema de la nación en el exterior y es, además, el padre del actual Rey. No, el de Juan Carlos no es el mismo caso de Carlos IV, desde luego; ni el del exiliado Alfonso XIII; ni tampoco el de su propio padre, el conde de Barcelona. Y mira que estos tres ejemplos evidencian el escaso orden en el que se ha movido la ‘cuestión institucional’ desde hace casi tres siglos. Nunca, desde hace cuarenta y cuatro años, la Corona se ha visto tan zarandeada, incluso desde una parte del propio Gobierno. Nunca ha sido más necesaria que ahora una reacción de la propia Corona, que ya no puede alegar las dificultades que se le interponen desde una parte del Parlamento y del Ejecutivo. Puede que las semanas que restan hasta la Pascua Militar sean de extrema importancia para el asentamiento y fortalecimiento, tan necesarios, de la forma del Estado.

Juan Carlos I, en el centro (sin quererlo) de la gran tormenta