Una revuelta inconclusa

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La fundación del catalanismo tiene su origen en el Código de Manresa, por el cual la cultura catalana se transforma en 1892 en un proyecto político autonómico con vistas a una posterior independencia de España. Es el inicio de la larga travesía. Los independentistas catalanes hablan de su región como nación, cuando nunca lo ha sido, ni tampoco han existido los países catalanes que tanto airean. Es una mentira que a fuerza de repetirla parece una verdad, pero no deja de ser mentira. Cataluña fue siempre una región española, desde el imperio romano, el reinado visigodo, luego repartida entre árabes y cristianos, dominada por los condes Francos, se mantuvo en los reinos de Navarra, Aragón y Castilla, para finalmente, como condado, pasar a la Corona de los Reyes Católicos y llegar a ahora con un proyecto insostenible. 
Al filo de 1910, la industria de la maquinaría de vapor y el desarrollo textil hacen expandir el movimiento obrero y provocan el éxodo de miles personas de las diversas provincias a aquella incipiente economía, donde habrá graves incidentes sociales, como el recrudecimiento de las luchas obreras que aconteció de 1918 a 1923. Los días 24 y 25 de enero de 1919 la Asamblea de la Mancomunidad Catalana se reúne para redactar el Estatuto de Autonomía, el texto queda refrendado por más de un millar de alcaldes que representaban casi la totalidad de la población. Siendo llevado a las Cortes para su discusión, la Lliga estaba dispuesta a su defensa. Pero un acontecimiento sindical da al traste la votación. En Barcelona se declara la huelga de “La Canadiense”, el sindicato obrero le gana la batalla al desafío catalán. 
En la dictadura de Primo de Rivera, la mancomunidad quedó casi disuelta en 1924, un año más tarde se da publicidad al estatuto provincial catalán, el cual recorta las funciones, aunque, a cambio, Cataluña logró importantes concesiones económicas. Francisco Maciá venía luchando por la autonomía y por una federación de España. Cuando muere en 1933, se hace cargo de Ezquerra de Cataluña, Luis Companys, que da prisa al estatuto para ser aprobado en Cortes, lanzándose a una aventura revolucionaria. Proclamando en octubre de 1934, el estado catalán de la República Federal Española, tras esa noche de gloria en que considera que había llegado el momento de declarar la independencia de Cataluña. Enviado el Ejército a desalojar el palacio de la Generalitat, donde se instalan los cañones en la plaza de  San Jaime y acaban por rendirse, allí termina el sueño de la República Catalana. Solo había durado diez horas de zozobra, será detenido y encarcelado, condenado a 20 años de prisión mayor. Saliendo de la cárcel tras el triunfo del Frente Popular en 1936. 
En la dictadura, todos sus gabinetes dieron prioridad a las inversiones en dicha región. En la transición figuró como punto neurálgico de los gobiernos españoles. La autonomía fue el escalón para las ocultas aspiraciones de la burguesía política catalana, reclamando competencias de Estado. Tuvo apoyo de los gobiernos, sin entenderse con la oposición a cambio de jugosas gabelas y el huido de la Justicia Puigdemont declaró la República Catalana. Algunos más están en su misma situación y otros en la cárcel.

Una revuelta inconclusa