INCENDIOS

|

Cae la tarde con su tedio de bochorno y monotonía estival. El tren serpentea los últimos coletazos cimbreantes antes de entrar en la estación de Orense. Cinco columnas de humo se hacen presentes. Dos grandes y tres más pequeñas con su humeante masa grisácea y marrón. Sin alma. Sin sentimiento. La evidencia de un fuego, fuegos, por son distintos los focos. Ignoro si el mismo es provocado o no en este momento. El incendio de Palmés, a las puertas mismas de la ciudad. Al momento te invade una sensación, un sentimiento de rabia, frustración, indignidad e ira controlada. Piensas. Reflexionas. Arde lo nuestro, lo de todos. Arde un poco de nosotros mismos, de Galicia, de nuestro país, porque es nuestra tierra, toda. Patrimonio de un pueblo presente, legado de un pueblo pasado y herencia del futuro. 
El aire impregna en la estación su estigma a ceniza, a un humo natural, pero triste, profundamente triste. No se escuchan voces. Testimonios, quejas. Se convive. Y quizás aquí debemos detenernos. No se puede convivir, aceptar, o resignarse de brazos cruzados. Tolerancia cero. Rompamos la apatía. Cerquemos a quiénes prenden los montes, queman los bosques, destruyen la naturaleza y enturbian el oxígeno de la vida misma, de la naturaleza, de la belleza de una tierra sin parangón. Hay que luchar con todos los medios. Pero hay que denunciar también. Esta tragedia tiene que detenerse. Anticipándose a la misma en todos los frentes, luchando contra los incendios una vez declarados y con una legislación durísima frente a pirómanos y quiénes buscan cualesquier tipo de interés en que esto suceda. Año tras año. 
Evitemos caer en la tentación partidista y que se convierta en arma arrojadiza. Preguntémonos en las causas y los porqués, y sobre todo en el por qué de una mayor intensidad en Galicia que en otras comunidades y regiones. No podemos ignorar que algunos incendios son fortuitos, otros frutos de negligencias no intencionales pero que una inmensa mayoría son lo que son, intencionados. Cuando Galicia se despertó aquel verano de 2008 donde las llama devoraron decenas de miles de hectáreas un titular de periódico de lunes era evidente, a las ocho de la tarde del domingo Galicia ardía en 198 puntos diferentes. 
No hace falta más elocuencia ni más gravedad. Acabemos con esta plaga. Medios, políticas forestales, acción enérgica y legal-judicial con exigencias de responsabilidades penales y civiles contundentes y educación de la sociedad frente a esta lacra. 
Voluntad y decisión, firmeza y contundencia. Ni un paso ni un milímetro atrás. Ni una columna de humo más, pero tampoco coreografías innecesarias y huecas. Miremos en la cornisa cantábrica. Apenas hay incendios. Preguntémonos por qués y cómos. No es difícil. Duele el alma y se rasga algo dentro de nosotros cada vez que el humo, que la llama, que la tragedia en suma arrasa una parte de lo que nos pertenece a todos. No perdamos la sensibilidad. Ese día también habremos muerto nosotros.

INCENDIOS