La diferencia entre lo público y lo privado

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Resulta sorprendente la convulsión provocada en la cultura gallega por los últimos acontecimientos acaecidos en la Real Academia Galega. Una institución centenaria en la que uno se imaginaba a sesudos y grises lingüistas debatiendo sobre el género de una determinada palabra o sobre la norma a seguir para formar el plural de otra. Pero, lejos de ello, el edificio de la calle Tabernas es el decorado de un culebrón en el que las traiciones, las luchas intestinas y el supuesto nepotismo forman parte del juego de dar lustre y esplendor al idioma gallego.

Grupos enfrentados alineados en torno a intereses completamente ajenos a la entidad y personajes que sacan su ego, nada modesto, a pasear. Por haber hay hasta coche oficial, uno de esos audis que según algunos le costaron la presidencia de la Xunta a Touriño y parece que se han convertido en una especie de estigma para el progresismo gallego, capaz de cobrarse víctimas allí donde va.

Más allá del folletín montado en torno a Ferrín y su espantá, y por la contratación de su hija, del novio de la misma o la de los hijos de otros dos integrantes de la directiva del ente, el problema es que Galicia necesita a la RAG y los tres años del escritor ourensano al frente de la institución han supuesto una cierta bocanada de aire fresco que se ha notado incluso en la elección del autor al que se le dedica el Día das Letras Galegas, de quien, de un tiempo a esta parte, no solo existen fotos, sino que incluso algunas son en color.

Esta crisis tendría que ser aprovechada para aunar esfuerzos. En lugar de denunciar movimientos sibilinos por controlar la Academia desde el Instituto da Lingua Galega o el mismo Consello da Cultura Galega, tal vez sería mejor intentar unificar instituciones, sobre todo teniendo en cuenta que el objeto final de las mismas es plenamente coincidente.

En un momento en el que los recortes afectan a todos los organismos y todavía más si cabe a la cultura, sería una demostración no solo de fuerza, sino también de inteligencia, formar un frente unido y olvidar las cuitas personales en aras de lo único que tiene que ser importante en este galimatías: la defensa del gallego.

Ferrín no tiene que dimitir. No al menos sin dar explicaciones. No se puede cerrar con un “no coment” la acusación de haber colocado a dedo a dos familiares en la RAG tras haber accedido a su presidencia. Las mismas explicaciones que tienen que aportar los otros dos académicos acusados de actuar del mismo modo. Y una vez aclarado el asunto, si todo es un montaje exigir la rectificación a quien corresponda y seguir trabajando.

Y si no es así, deberán de salir de la RAG y dejar que tome las riendas de la institución alguien que tenga perfectamente clara la diferencia que existe entre lo público y lo privado.

La diferencia entre lo público y lo privado