La responsabilidad de la izquierda

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Se está repitiendo hasta la saciedad que los desbarajustes (“desorden y confusión” según la RAE) que vive Podemos –y el propio PSOE– es un problema de simple liderazgo personal, de nombres y no de ideas, de celos, de traiciones, de bisoñez, esas cosas que pasan cuando uno atraviesa en un abrir y cerrar de ojos la delicada frontera que separa la infancia y la adolescencia. Y todo puede ser verdad, pero no creo que sea solo eso. En Podemos siempre ha habido un problema de fondo que puede que venga derivado de sus propios orígenes, el aula de una facultad con una pizarra en la que todo es posible. Por decirlo de otra manera: el proyecto  de Podemos es como esas “conjeturas matemáticas” que afirman algo y esperan que alguien las resuelva. Apasionante, pero complicado para afrontarlo en la vida real.
Podemos traía la frescura de la justa indignación frente a la vergüenza de los Gürtel, los ERE o los 3%; traía la teoría de una sociedad más justa que se podía demostrar en la pizarra del aula de Políticas contra un mundo dramáticamente desigual bajo el imperio de un capitalismo salvaje; Podemos se sabía la teórica de memoria, pero nunca ha sido capaz de explicarnos de verdad cómo hacer realidad esa teoría: persiguiendo el fraude fiscal, haciendo que los ricos paguen más, una sociedad sin castas, sin vencedores ni vencidos. No voy a hablar de Venezuela como ejemplo porque sé que les molesta y es otra historia, pero ahí están las recetas de Tsipras que iban a cambiar la Unión Europea y los resultados, El que quiera mirar, que mire.
El caso es que estaban inundados de entusiasmo cuando llegaron al poder en ayuntamientos y ocuparon escaños en el Congreso y su primera batalla fue la visibilidad; el gallinero que lo ocupen los parias, nosotros queremos que se nos vea. Y tenían razón, pero no deja de ser un síntoma. Engulleron a IU, que ya no pinta nada, y los que les acompañaron en la aventura empezaron a exigir independencia a la hora de decidir y gestionar. Luego llegó el capítulo de la cal viva y lo que hoy seguramente es el problema de fondo aunque lo encarnen dos personalidades: Podemos tiene que elegir entre estar en la calle con la gente que rodea el Congreso o estar en el Congreso rodeados por parte de la gente que les ha votado. Porque la vida es así de rara y no se puede estar en los dos sitios a la vez; se intenta, pero o terminan llamándote traidor o pierdes la credibilidad de muchos millones que quieren cambios pero no violencia. ¿Y cómo participar en la gobernación de un sistema junto a unos que lo que quieren es cargarse ese sistema pero sin ofrecer alternativas serias? En resumen, al margen de la guerra de nombres, la cuestión es –simplificando– si lo que conviene es dar miedo (Iglesias) o dar amor (Errejón), estar fuera o estar dentro.
Pero que nadie de derechas se congratule de esta situación. Esa izquierda que hoy se encuentra en un laberinto de muy difícil salida –tanto el PSOE como Podemos– desangrándose cada día más y cada día con un peor pronóstico para su recuperación, no sólo es importante en una democracia sino absolutamente necesaria. Ahí está la Historia para demostrarlo y tarde o temprano Europa y el capitalismo tocarán fondo. Es ahí donde una izquierda nueva, limpia y posible debe emerger otra vez para evitar las tentaciones extremistas. Ojalá se dieran cuenta los nombres que por encima de ellos están los pueblos, está el futuro de todos y no la gloria efímera y engañosa de unas primarias o de un congreso.

La responsabilidad de la izquierda