DE MÉDICOS Y CABLES

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Conforme avanzamos en edad visitamos con mayor frecuencia al doctor. Es un problema de tiempo personal que cumplimos al pie de la letra. Primero –niñez, pubertad y juventud– vivimos la física y después –madurez y senilidad– la química. Así sustituimos la gimnasia por la magnesia, el gesto sublime por la alquimia que ponga freno o modere siquiera nuestro plazo de caducidad inevitable...
Pero desde Hipócrates la medicina viste una aureola mágica de la que no ha podido desprenderse a lo largo de los siglos, inquietos entre el desconocimiento para curar las enfermedades y el azote aterrador de las pestes asolando las naciones. Hoy los avances científicos y puesta a punto de expertos profesionales confieren apacible serenidad aunque al final siempre llegue la esperada inesperada.
Actualmente el colectivo médico ofrece muchas ventajas y posibilita, gracias a la medicina preventiva, un magnífico estado sanitario de primer orden asociado a los enormes conocimientos de especialistas en la materia. Añadamos a ello los grandes centros hospitalarios, la audaz cirugía y la técnica eléctrica y de ordenadores para mantener todo a punto en el umbral de lo casi perfecto... Porque a veces –la vida pende de un hilo– un simple cable alterado da en consumir más energía de la precisa para el correcto funcionamiento del marcapasos y, entonces, el cardiólogo busca la colaboración indispensable del técnico.
Pero estos son datos estadísticos. Simple enumeración técnica. Mera exhibición de avances científicos y feliz puesta a punto de profesionales responsables. Sin embargo, todo rueda por los suelos si asépticamente nos limitamos a la ficha de un paciente o a su historial clínico, porque lo trascendente es la vocación profesional y su capacidad solidaria respecto al semejante que el destino ha puesto en sus manos y al que necesita confortar con una frase alentadora.

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