Más libres que informados

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Medio mundo –el otro medio lo hacemos a diario– celebró ayer el Día Mundial de la Libertad de Prensa. Tampoco es que la fecha se conmemore desde hace mucho, solo desde 1993, que es cuando la Unesco decide que es buen momento para recordar la importancia de una prensa libre, plural e independiente. Este año se ha puesto el acento sobre los frenos y contrapesos al poder en el ámbito judicial.
En España, en la última semana, nos hemos dado el gusto de criticar amplia y libremente la labor de los jueces y algunas sentencias que no han sido bien recibidas por la opinión pública. Al menos, en esto, los periodistas españoles no tenemos un gran motivo de preocupación. Claro que siempre hay excepciones, como compañeros que están pendientes de juicio por sus informaciones y, aunque no es exactamente lo mismo, cunde la sensación de que, en general, la libertad de expresión ha ido perdiendo terreno, como pasa cuando algún tuit que otro se juzga como si fuera un atentado a la autoridad.
Afortunadamente, la prensa española tiene otros problemas que no son los asesinatos –aunque muchos recuerdan que tenían que mirar siempre bajo el coche en aquellos tiempos en los que ETA marcaba la agenda– o la cárcel, lo que sí sufren compañeros de otros muchos países. Pero nuestros desafíos no son pocos. La precariedad, que no es algo exclusivo del periodismo aunque tampoco anima a seguir luchando por la profesión; la falta de medios y el desprestigio son algunos de los problemas a los que nos enfrentamos cada día.
El desprestigio, en nuestro caso, es doble: de aquellos a quienes les ponemos el micrófono, que nos ven como un medio –nunca mejor dicho– para conseguir sus fines, y de quienes reciben las informaciones, que cada vez nos creen menos. El descrédito de la prensa es uno de los problemas más importantes a los que nos enfrentamos como sociedad. Para construir una sociedad democrática, que pueda elegir libremente, debemos estar informados. En el mundo de la inmediatez, de internet, de las redes sociales... la paradoja es que cada vez tenemos menos información. La falta de tiempo obliga a ir rápido, a no profundizar y, si no elegimos bien qué leemos, a que nos vendan cualquier moto sin ruedas. Pero lo preocupante es esa circunstancia de que a algunos les interesa más reforzar su propia ideología que conocer la verdad.
Tendemos a vivir anestesiados. No queremos problemas. Ni sufrir. Ni preocuparnos. Preferimos que la realidad se amolde a lo que pensamos que tratar de razonar si, quizás, estábamos equivocados. Cada día hago un ejercicio de didáctica tratando de frenar a quienes pasan wasaps con bulos o noticias falsas, explicando en qué consiste la línea editorial y por qué son respetables los puntos de vista si son honestos. En la marabunta de las fake news, los periodistas somos más necesarios que nunca. Nosotros seguiremos haciendo nuestro trabajo. De la audiencia depende elegir quién quiere que les informe.

Más libres que informados