Regenerarse por las buenas o por las malas

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Desde el pasado domingo se cuentan por millones los supuestos expertos en los vericuetos que rigen la curia romana. Hasta hay quien se atreve a vaticinar el nombre del nuevo papa. Eso sí, ni uno de ellos vio venir la dimisión de Benedicto XVI, viejo, cansado y, tal vez, aburrido de tanta intriga palaciega en la que colaboró hasta su mayordomo.

Es decir, que los vaticanistas demostraron exactamente la misma agilidad que los millones de economistas que a estas alturas nos explican los motivos de la crisis, algunos (la verdad es que solo los más osados) aclaran cómo se saldrá de ella, pero ni unos ni otros se enteraron cuando el crack estaba a punto de producirse. Estos dos ejemplos ilustran lo fácil que es explicar un suceso cuando se produce, pero lo complicado que resulta anticiparlo.

Ahora mismo, los españoles asisten atónitos al patético espectáculo que están ofreciendo buena parte de sus políticos. Los partidos, haciendo gala de una miopía difícil de comprender, han sido capaces de tener en puestos clave a chorizos más preocupados de atesorar millones en Suiza que de cualquier otra cosa. También hay esposas que no saben lo que hacen sus maridos, ni de dónde salen los carísimos regalos que reciben, o mandatarios locales que ordenan a agencias de detectives que graben conversaciones de sus adversarios políticos.

Eso sí, solo los dirigentes de Unió parecen haber sido lo suficientemente imbéciles como para que los pillaran y afrontan en estos días una segunda denuncia por financiación ilegítima del partido después de que consiguieran librarse de la primera pagando una multa millonaria.

Los romanos, que aunque no inventaron eso de la república sí la elevaron a su máxima categoría, tenían muy claro que la mujer del César, además de ser honrada, tenía que parecerlo. No se trata de que las buenas formas sirvan para ocultar un interior podrido, la cuestión es que lo de dentro está tan corrupto que ya no hay manto que sea capaz de taparlo y el hedor es tal que los ciudadanos ya no lo soportan más.

España, a estas alturas, necesita una catarsis. No hay ni un solo estrato social que no esté afectado por la corrupción. Desde la corona hasta los partidos, pasando, por supuesto, por los bancos, los empresarios, los sindicatos y hasta las cadenas de alimentación que se empeñan en llenar de carne de caballo lo que tendrían que ser hamburguesas de plácida ternera.

¿Qué se puede esperar de un país en el que hasta los camareros de la cafetería del Congreso cobran, supuestamente, en negro? Pues poco o muy poco. Llegó el momento de uno de esos pactos de Estado, un gran acuerdo por la regeneración porque una de dos: o lo hacen los partidos por las buenas o los ciudadanos se lo van a obligar a hacer por las malas.

Regenerarse por las buenas o por las malas