Dos puntos de vista

|

La maldita pandemia que nos asola con la fuerza de un ciclón, por ahora, no tiene visos de concluir. A la espera de la implantación y aceptación general de una vacuna que sentimos que va a paso de tortuga y que es tan necesaria como el agua; los números suben sin piedad mientras la gente se muere, los negocios cierran y algunos se afanan en conservar sus puestos de trabajo en favor de un futuro mejor, que todavía no se digna a asomar la patita por debajo de la puerta.

Vaya por delante que lo más grave de todo lo que acontece son los muchos caídos en esta batalla contra un enemigo invisible, las familias rotas por el dolor y las secuelas de los muchos que enfermaron y lograron sobrevivir, sin embargo, a esta empresaria que se siente abandonada mientras pelea por un negocio dedicado a vestir eventos con más de veinticinco años de antigüedad, todavía le cuesta aceptar la congelación de los mismos y las calles vacías de gente.

De repente, el coronavirus que creímos amainaba durante el verano, ha resurgido de sus cenizas y nos ha castigado por las escuetas celebraciones navideñas que, en su mayoría, hemos tenido. La peste ha vuelto a enseñarnos los dientes y a recordarnos que sigue ahí, que somos vulnerables y que es más fuerte que todos nosotros juntos.

Lamentablemente, este hecho nos obliga a encerrarnos, si no del todo, sí de forma emocional. Porque esta enfermedad es la de la soledad. La que mira a los vecinos como su fuesen apestados. La que nos obliga a estar frente a una máquina que, en su mayoría, no sabemos utilizar como deberíamos. Se nos imponen de golpe y porrazo actuaciones para las que no estábamos preparados. Nos sentimos solos e impotentes  y nos damos cuenta de lo poco que somos.

El que tiene dinero, no quiere gastarlo. El que no lo tiene, se lamenta de su suerte y, absolutamente todos ellos, se atrincheran en sus casas por miedo a enfermar. Las ciudades se desvisten de personas y la realidad se nos muestra absurda sin ellas. Porque sin gente, de nada vale nada.

Y ante esta dramática situación uno se enfrenta a la encrucijada de elegir camino. El más fácil es unirse al lamento general y el más complicado, al igual que sucede respecto a la fe, pensar que vamos a salir de esta y que toca aguantar. Porque en la resistencia está el éxito y, porque como repetía Einstein: las grandes ideas surgen de la angustia.

Así que señoras y señores, les animo a transformar el dolor en fuerza motor y a ocupar su tiempo libre en pensar. Replantéense sus vidas y cuestiónense que, quizás, habíamos equivocado los principios, los valores, las prioridades y nuestras propias fuerzas. Aprovechen este tiempo luctuoso que la vida nos regala, para parar un poco el ritmo, reencontrarnos con nuestros hijos y aprender de nuestros mayores. Adquieran alguna costumbre que hoy es casera y mañana será barata; y vivan la vida pequeña sin pensar en negativo. El antídoto está aquí. Encomendémonos a Dios para que funcione.

 

Dos puntos de vista