Infancia y sensibilidad

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Nada hay más duro que la enfermedad de un niño, de un hijo. Algo se resquebraja cuando esto sucede. No estamos preparados por el dolor, menos para el sufrimiento de los más inocentes. Máxime cuando forman parte de uno. La familia, la sangre. Los vínculos. Y, sin embargo, las escenas de dolor, muerte, desgarro, enfermedad, hambre están ahí. Y nos impermeabilizamos frente a las mismas. Nos hacemos insensibles si están lejanos de nosotros mismos, de nuestros corazones, de nuestra mirada. Poco o nada nos importan los niños que mueren en las guerras, en la brutalidad del terrorismo, en las hambrunas que a veces azotan países o regiones enteras. Perdemos poros de sensibilidad por culpa de un egoísmo esculpido entre insensibilidades voluntarias y cegueras autoimpuestas. Vemos y no queremos ver. Escuchamos y no queremos escuchar.
Solo nos damos cuenta de la realidad cuando esta golpea donde nos duele. Es ahí donde nuestros ojos se abren por momentos. Nuestras preocupaciones. Nuestro no sentirnos ya el centro de un mundo de circunstancias donde el otro apenas importa. Baste ver con mirada limpia hospitales, oncológicos y nuestro egoísmo se desploma verticalmente en la sima de una vanidad que a veces nos corroe. Ahí se nos acaba el quejarnos por quejarnos, la amargura de la abundancia y el cansancio de nosotros mismos y nuestra manera de vivir e incluso sonreír a trompicones.
Basta ver y querer ver, pero quizás antes tenemos que aprender a ver con ojos prestados, más neutros, más límpidos que los nuestros. Solidaridad, ayuda, entrega, servicio, gratitud.
Hace unos días el caso de la pequeña Nadia se ha vuelto como un boomerang de ida y vuelta recurrente. Primero el eco, luego la propagación de una ola de solidaridad tremenda, después la realidad, el engaño, pero al tiempo una certeza sublime y dura, la niña está enferma. Dolencias o enfermedades raras que sufren además el zarpazo de los recortes y la poco o nula capacidad presupuestaria para investigar. Padres que se equivocan. Que generan una bola de nieve imparable a base de mentiras y engaños y que acaba hiriendo algo más esencial, la confianza y la solidaridad a través de la sensibilidad de cientos de personas, vecinos, amigos, gente anónima generosa y comprometida que aportó dinero, varios cientos de miles para la curación de esta pequeña niña que no tiene culpa de nada. Duele el engaño, escuece, golpea y quiebra todo atisbo de confianza. Un daño irreversible que puede afectar a otros igualmente de inocentes que Nadia.
Un editorial de un periódico entonaba perdón estos días por haber ayudado a los padres de Nadia a recaudar y difundir la enfermedad y necesidad de la pequeña. Su delito fue confiar, dejarse atrapar por la historia, por la realidad de sufrimiento y un aparente llamamiento desesperado que nos aguijonea como personas y como padres. Rota la confianza, la herida tardará en cicatrizar. Pero la excepción no es la regla.

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