OCHO BADAJAZOS CASTELLANOS

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Pues va a resultar que los gallegos, según nos cuenta el erudito, somos descendientes de castellanos, fruto al parecer del arrojo de unas animosas huestes o de pacíficos colonos que conquistaron o se establecieron en este territorio con la cruz, la espada o el badajo.
No sabemos exactamente ­–el erudito no nos lo aclara­– cuál fue la estrategia empleada, el caso es que, nos dice, impusieron sus apellidos y etiquetaron a los cuatro o cinco galaicos que por aquí había como si fuesen yogures con el marchamo de calidad de la filiación mesetaria.
Así, entre algún que otro Couceiro, Besteiro, Castiñeira, Franqueira o Queijeiro, crecieron y se multiplicaron como la descendencia de Abraham los vázqueces, los rodrígueces, los méndeces y los lópeces. Todos de exclusiva prosapia castellana, por supuesto, asegura el tal.Y por la gracia de Dios.
Lástima que el doctísimo experto tampoco nos quiera instruir sobre cómo se explican estos castellanísimos apellidos en Portugal.
Quién se lo iba a decir a los habitantes de Castilla, aquella pequeña región habitada por rudos repobladores beréberes provenientes de la Elvira andalusí (españoles, les llamaban por aquel entonces los norteños) que le dieron su nombre en recuerdo de su Qastilia natal, como es costumbre cuando expedicionarios y colonos se establecen en un territorio.
¿Así que castellanos imprimiendo su carácter patronímico en Gallaecia? No parece importarle al enterado que durante mucho tiempo en las tres cuartas partes de la península el personal, ya fuese por imperativo legal, administrativo, religioso, étnico, o simplememte por moda, atendiese a nombres como Abu Fulano, Ibn Mengano o Al Zutano, mientras que en esta esquina, los apellidos, la filiación, ya se formaban –aunque en esto también haya controversia– con el genitivo del nombre propio.
Mientras Hispania se llenaba de abdelazizes aquí, en Galizia, un hijo (o un fámulo) de Rodericus, Fredinandus, era Frutinandus Roderici para los restos; un Lupus, hijo (o un siervo) de Didacus, era Lupo Didaci... De ahí a Rodríguez, López, Díaz, Fernández o Méndez va solo un paso.
Pero como, según el erudito local, en Galicia no había ni Rodericos, ni Fredinandos, ni Lopos, ni Vascos, ni Garseas, ni Eanes, ni Didacos, ni Vascos, y como la formación de los nombres, por lo que parece, no sigue aquí la evolución y las pautas para las lenguas romances, porque el gallego debe de ser un dialecto melanesio, está claro por tanto que los apellidos tienen que ser necesariamente castellanos. No gallegos. Ni siquiera leoneses. Castellanos.
“Y viendo los hijos de éstos que las nativas eran hermosas, tomaron para sí de entre ellas las que bien quisieron”. Y les entraron. ¿Conque fue así cómo los hijos de Qastilia dejaron su impronta? Nos lo desvela al fin el ilustrado: con el badajo.

OCHO BADAJAZOS CASTELLANOS