Los Picapiedra

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Un día se asegura que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias ya han alcanzado un pacto (bautizado no sin cierta coña como el pacto de los Picapiedra, por aquello de Pedro y Pablo) y que solo queda el reparto de altos cargos para cada formación y, al siguiente, se dice que de acuerdo nada de nada y que estamos abocados a unas nuevas elecciones. La realidad es que las negociaciones existen, pero la cuestión es que marchan al ritmo que marcan los dirigentes de ambas formaciones, que hacen gala de un cierto grado de trastorno bipolar. A Sánchez le molesta que Iglesias reparta ministerios sin el más mínimo pudor entre sus colaboradores y a Pablo le cabrea que Pedro vote con PP y Ciudadanos para que los podemitas ocupen el gallinero del Congreso. A Pedro le molesta que sean las bases las que aprueben o rechacen el acuerdo (tal vez por no tener que pasar por un calvario similar al que sufrió Artur Mas) y a Iglesias le molesta que sean los barones del PSOE los que marquen la hoja de ruta de Sánchez. Así se podría seguir hasta la saciedad, pero la verdad es que resulta muy cansino.

Los Picapiedra