DE PUBLICISTAS A PROPAGANDISTAS

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No es la primera vez que aludo al papel que, con más protagonismo si cabe que nunca, desempeñan los publicistas profesionales en los idearios y proyectos de los partidos políticos en este país. Puse de aquella como ejemplo el Ministerio de Igualdad bajo la perspectiva de ofrecer un departamento dirigido por una jovencísima mujer pero inoperativo y carente de sentido. Toda su acción dependía de otros cuatro ministerios. El de Justicia en cuanto a la aplicación de medidas y penas contra el maltrato y la violencia de género; el de Interior en cuanto a la persecución y control de los delincuentes; el de Trabajo, en cuanto a la búsqueda de medidas orientadas a garantizar a las víctimas una salida laboral al margen de la condición de dependientes del maltratador; y, por último, el de Servicios Sociales, orientado por supuesto a dar cobertura asistencial a dichas víctimas. En resumen, un ministerio sin capacidad ni de decisión ni operativo. Lo dicho, solo una idea, a falta de otra, orientada a alimentar un programa electoral.
Las cosas, es decir, el papel reservado a los publicistas, que en alguna ocasión algo habrán aportado, acaban por viciarse. Entramos así en el ámbito de los propagandistas, especie esta más identificada con los idearios de cada cual, sin importar comúnmente las consecuencias. El papel protagonista es, en uno y otro caso, el que corresponde a los políticos. Ahí está por ejemplo Esperanza Aguirre en ese desprecio tan natural como suyo hacia toda fuerza al margen del PP y del PSOE. Se insiste nuevamente en el desprecio a la decisión del votante en general, sea cual sea, y hacia el derecho a decidir libremente, sea para formar gobierno, para encontrarse en la oposición o, como se está viendo, para pactar. Alertar sobre esto último en el sentido de que tales acuerdos implican vulnerar el estado democrático, es decir, el de los derechos de los ciudadanos, sigue siendo el dogma. Y todo eso pese a las voces críticas, como las del presidente del PP de Galicia que invitan a una autocrítica sobre los resultados electorales que tanto han perjudicado a su partido. Los motivos –lo sabe cualquiera– están más dentro que fuera, en esos propagandistas que únicamente saben recurrir al desprecio de los votantes como justificación de sus propios errores. La confrontación basada precisamente en ese mezquino principio no es el camino sino más bien, como se ha demostrado, el método ideal para alejar, todavía más, a sus votantes.

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