El ángel rojo

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Pocas historias en la trágica noche de tres años que supuso nuestra guerra civil que este año cumple ocho décadas de su estallido, como la vida de Melchor Rodríguez. El último alcalde del Madrid republicano, el niño de Triana que aprendió a ser calderero y chapista, que fue sindicalista y anarquista, que quiso ser torero, tuvo muy claro desde el principio que se pueden morir por las ideas pero no matar por ellas, como así, rezará una placa probablemente aprobada en los próximos días por el pleno del ayuntamiento de Alcalá de Henares.
Aquellos días de 1936, la muerte, la bestialidad, el tiro en la nuca, los paseos, las sacas, los paredones, las zanjas, las ejecuciones sumarias, la violencia se adueñó de todo. La sinrazón asesina meció conciencias y apretó gatillos. Sin alma ni razón, sin compasión ni piedad. Muertos sobre muertos. En los dos bandos. Se mató con el hambre del lobo asesino, pero disfrazado de ser humano. Todo parecía valer en aquel verano y otoño de 1936, el mismo año convulso y trágico que desembocó en una crueldad no conocida en España hasta el momento. Cuánto dolor provocado por la intolerancia, la rabia, la violencia, la mentira, y la debilidad del ser humano. Alcalá Zamora, en sus memorias, aquellas que tanto quisieron ocultar algunos y dejaron en evidencia muchas traiciones entre sí de la izquierda y sus partidos, confiesa una gran mentira, las elecciones del 36 no las ganó el Frente Popular. A partir de ahí, todo derivó en sangre, tortura, y el sonido de los disparos en la noche, en el alba, en la mañana, en la tarde. A cualquier hora. Fuera ante las tapias de la plaza de toros en Badajoz, fuera en Paracuellos tras sacas de las checas de Madrid, fuera en el tren de la muerte, aquel trágico agosto y aquellos más de 300 seres humanos acribillados por el odio y la impiedad en los aledaños de Madrid.
Y de pronto, emerge la figura de Melchor Rodríguez, el hombre de izquierdas, el cenetista que evitó masacres de milicianos, ejecuciones sumarísimas, como la del 8 de diciembre en la cárcel de Alcalá, cuando tras los bombardeos de los sublevados, los milicianos decidieron tomar la justicia por su mano y asesinar a los más de 1500 presos en la cárcel. Sería Melchor Rodríguez, tras horas de tensísimas negociación, carácter, valentía y, sobre todo, humanidad, quien lo impediría. No sería la primera vez, ni tampoco la última para un simple delegado de Prisiones que meses después llegaría a ser director general de Prisiones. Es lo que el Ayuntamiento y los ciudadanos quieren ahora testimoniar y honrar, la memoria de un hombre que, pese a sus ideales, pese a lo locura de la guerra, nunca perdió el pundonor y la dignidad del ser humano. Eso es memoria, dignidad, respeto y tolerancia. No es fractura ni división.
Sus mismos correligionarios de ideas, pero también comunistas, trataron varias veces de apartarle y asesinarle. Nunca lo consiguieron. Al acabar la guerra dos juicios le condenaron a muerte. La intervención del general Muñoz Grandes con más de 2500 firmas de aquellos y otros presos del bando sublevado/nacional/franquista conmutaron la pena por 20 años de cárcel, los que solo cumplió cinco. Moriría en 1972. Nunca quiso reconocimientos ni la ayuda de aquellos a los que salvó. En su entierro las dos Españas, en vida aún del dictador, se dieron cita. Anarquistas y franquistas. Un hombre, con su actuar, su valentía y decoro, lo hizo posible. Ochenta años después, aunque algunos no hayan aprendido nada ni sean capaces de reconocer y condenar los hechos, a veces la memoria es neutra y digna.

El ángel rojo