El dilema

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Simplificando mucho, algunas veces pienso que se podría identificar ser conservador, en política o en cualquier otro aspecto de la vida, con ser persona más o menos razonable. Por el contrario, y acudiendo a la misma simplificación, ser progresista sería mantener planteamientos más sensibles, sin darle claro a este último término ni al de razonable, que antes utilizaba, un valor absoluto sino de referencia.
Por encima de esta disquisición, todos podemos estar de acuerdo en que lo principal son las personas y, en particular, su bienestar y su supervivencia. En este sentido la economía ocupa un lugar importante, y lo razonable es que a todos nos preocupe que vaya bien. Quizá por eso la crisis económica, aunque sea sólo parcialmente, nos ha podido hacer más conservadores.
Por supuesto no han faltado voces cualificadas y numerosas que han protestado ante estas actitudes, insistiendo por encima de lo “razonable”, en valores o planteamientos más acordes con la justicia social o la necesidad de hacer frente al drama humano que la misma crisis ha generado.
En realidad nos encontramos ante un dilema sobre lo que ha de ser prioritario en una crisis como la europea, o sea, de países ricos y poco acostumbrados a sufrir necesidades. Nuestros gobernantes, tanto a nivel europeo como estatal, salvo excepciones, han optado por dar prioridad al problema puramente económico, pues la responsabilidad les hace conservadores y razonables, al margen de que realmente lo sean.
Hay estados como Grecia que, con mayor o menor legitimidad, se han rebelado contra lo “razonable” y abanderan otros planteamientos. Sin juzgar estas posturas, a nivel personal también nos podemos plantear este dilema.
No me importa reconocer que, a pesar de haber sido beneficiario de la humanidad de nuestros sistemas sociales, en momentos de indefensión y necesidad, siempre he procurado ser “razonable”. Hoy, sin embargo, me parece que, sin caer en la irracionalidad, se deberían replantear los grandes problemas que nos aquejan, desde un punto de vista mucho más humano, estén relacionados con la crisis o no.
Claro que una sociedad que ve ahogarse a centenares de seres humanos en las costas de nuestros mares, sin hacer prácticamente nada; mientras busca solución a sus propias enfermedades en el genocidio permanente de miles de embriones humanos, en una especie de paranoia tecnológica y científica de lo más “razonable”, como mínimo es una sociedad egoísta y enferma, pagada de su bienestar. A estas alturas, sin salir de Europa, casi uno se alegra de pertenecer a uno de esos países relativamente pobres del Sur y no a esa casta de los más ricos y razonables.

El dilema