Advenimiento

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El año que entra luce una raya de pesar en la frente y una cruz de sangre en el pecho. Gritarán unos: “Viene muerto”. Otros: “Es el viviente”. Será para unos señal de sabiduría esa línea ciega de la testa en la que ven despuntar el tercer ojo. 
De dogmatismo, para otros, la cristiana marca del tronco, y habrá quienes vean en ella anuncio de redención y esperanza. Dirán unos y callarán otros pesarosos, cruzándose la frente con la cruz del pecho y el pecho con el trazo de la frente. 
Es un año que viene de nalgas en la madrugada de un parto sin cesárea para alumbrar un tiempo difícil, como todos, no en vano tiene que lidiar con lo humano en un ámbito que en nada guarda semejanza con su condición de mimado hijo de la nada. Hablo del universo sin márgenes, espacio en el que el tiempo no guarda relación con nada y de él nada se espera. 
Es en esos manglares de astros que cercan los agujeros negros, donde un Cronos acorralado cede por intercesión de un dios con rostro de batracio, el que le confiere su naturaleza de neonato, un hato de tiempo a los hombres que moran en la cara amable de esta luna de nadie que es la tierra para que sobre ella obren sus moradores el milagro de una primavera de promesas y propósitos tan posibles que resultan imposibles, y como él, previsibles en la hora del mutuo desentendimiento ante el ara de sacrificio de ese reo que nace cruzado de rayas y ha de ser por ello motivo de infeliz consumación.

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